Saberes desbordados

Historias de diálogos entre conocimientos científicos y sentido común
(Argentina, siglos XIX y XX)

Introducción

Este volumen reúne un conjunto de investigaciones orientadas a indagar, a partir de análisis transdisciplinarios de casos singulares, sobre las características específicas de procesos de producción y circulación de conocimientos en la Argentina, a lo largo de un período que va desde las últimas décadas del siglo XIX hasta el presente. ¿Cuáles son, y cómo se definen, las fronteras entre conocimiento experto y sentido común? ¿Cómo y dónde se construyen sistemas de conocimiento en una sociedad? ¿Cómo “viajan” o “se desplazan” los saberes a través de –y dentro de– espacios culturales diversos y de qué manera ese recorrido afecta su definición o constitución como tales? ¿A través de qué mecanismos se difunden distintas formas del conocimiento? Estas son algunas de las preguntas que se abordan a lo largo de este volumen, desde una perspectiva que articula las dimensiones transnacional y local de los fenómenos estudiados. Las contribuciones focalizan en las especificidades que desarrollaron los sistemas de recepción y circulación de distintas formas de conocimiento en un país que, como la Argentina, se ha posicionado a nivel internacional, y a lo largo de su historia, más como receptor que como productor de saberes. Aunque los capítulos se concentran en la Argentina, tomamos a nuestro país como un estudio de caso que permita formular algunas hipótesis generales sobre los problemas abordados.

En términos generales, los estudios acerca de la constitución de saberes o tecnologías, así como aquellos que tratan de la consolidación de actividades expertas, han tendido a concentrar su atención sobre los ámbitos y las reglas internas de producción de conocimientos, las disputas entre actores en el marco de comunidades intelectuales o campos de expertise delimitados, los criterios de validación y legitimación de los conocimientos allí generados, o sobre la circulación transnacional de ideas, conceptos o formas de conocimiento (Salvatore, ed., 2007; Charle, Schriewer & Wagner, eds., 2004; Rodgers, 1998; Iriye & Saunier, eds., 2009). Gran parte de los estudios ha desatendido, sin embargo, una dimensión importante de los procesos de construcción de conocimiento: aquella vinculada a sus cruces, articulaciones o intercambios con otras disciplinas lindantes, pero, sobre todo, ha dejado de lado sus asociaciones con otras formas de saber que podrían caracterizarse como prácticas, es decir, contextuales y enraizadas en la experiencia local (Scott, 1998).

Una de las hipótesis fuertes que sustenta este trabajo consiste en afirmar que los procesos de recepción, circulación, reapropiación y redefinición de saberes son fenómenos de carácter multidireccional y constitutivos de los propios saberes. Dicho en otras palabras, a lo largo de este libro partimos de la base de que el estudio de un sistema de saberes y creencias es indistinguible del de sus múltiples circulaciones y apropiaciones. Asimismo, al poner el foco en las tramas de tráficos de distintas formas de conocimiento abrimos un espacio de reflexión sobre la eficacia social de los mismos, es decir, sobre cómo y en qué medida han adquirido un carácter performativo sobre las porciones de la realidad que los miembros de una sociedad toman como dado, es decir, como sentido común, colocadas por fuera de la duda o el cuestionamiento, y que les permite organizar diversos aspectos de la vida cotidiana (Berger, 1965; Geertz, 1973).

En este libro no se trata solamente de observar la circulación de saberes expertos con el objeto de identificar las transformaciones que sufren los conocimientos cuando se procura volverlos accesibles a un público lego. Más bien, lo que procuramos hacer es revisar los recorridos o itinerarios de ciertas formas de conocimiento y su circulación por la trama social, lo que implica poner al menos en suspenso –sino en cuestión– el supuesto de la preexistencia de dos espacios claramente delimitados: uno de producción, vinculado al mundo experto y letrado; y otro de recepción, asociado a sectores sociales más amplios. En esta línea, la noción de “saberes que desbordan” –que en un principio habíamos adoptado como válida– fue rechazada porque se prestaría a ser asimilada a un proceso de difusión lineal de un conocimiento desde un ámbito identificado como “experto” a otro que suele ser caracterizado alternativamente como “cultura popular” o “sentido común”, entre otras formas posibles de denominarlo. Por el contrario, queremos proponer aquí que los saberes se constituyen en el proceso mismo de su diseminación; es decir que los saberes no “desbordan”, sino que son “desbordados” por múltiples lecturas, apropiaciones, interpretaciones y redefiniciones –situadas históricamente– de sus contenidos y fronteras.

Saberes híbridos

Como resulta evidente de las diferentes contribuciones que componen este libro, los procesos de constitución y circulación de conocimientos conforman un universo complejo y rico, del cual quisiéramos detenernos en algunas cuestiones generales. Para empezar, lejos de establecer polos claramente distinguibles –como sostiene la sociología clásica (Max Weber, Pierre Bourdieu)–, las díadas de “letrado/popular”, “experto/lego” y aun “conocimiento experto/sentido común” forman parte de –y a la vez reflejan– un complicado entramado de bordes difusos con abundancia de zonas grises y distintas formas de hibridación. En su trabajo ya clásico sobre las formas de hibridación cultural en América Latina, Néstor García Canclini mencionaba su preferencia por el término hibridación frente a otros alternativos tales como “mestizaje” o “sincretismo”, ya que el primero, al ser más abarcativo, le permitía designar diversas mezclas interculturales. Al mismo tiempo, García Canclini encontraba el concepto de hibridación más apto para “deconstruir … esa concepción hojaldrada del mundo de la cultura” que oponía de manera abrupta lo tradicional y lo moderno; lo culto, lo popular y lo masivo (García Canclini, 1990; p. 14). Las distintas contribuciones que conforman este volumen intentan, a partir del análisis de casos específicos, hacer foco sobre las porosidades existentes entre estos diversos niveles culturales en la Argentina a lo largo de un período que abarca casi un siglo y medio. Lo que muestran los trabajos que componen el libro es que la difusión de conocimiento no se debe siempre, ni necesariamente, a la existencia de “difusores” provenientes del mundo experto o letrado que lo “traducen” –y de esta manera lo tornan accesible– a sectores legos. Más bien, tal como señala Peter Burke, la diseminación de saberes puede ser caracterizada, en muchas instancias, más como el resultado de un proceso de “circulación” que de “transferencia” de los mismos: es decir que la circulación no es uni- sino multidireccional entre diversos niveles culturales entre los cuales, por otro lado, no es posible establecer siempre divisiones tajantes (Burke, 2017; p. 107).

Desde luego, nuestro proyecto no tiene ninguna pretensión de exhaustividad. De ninguna manera sostenemos que las conclusiones extraídas de los ejemplos particulares analizados aquí puedan hacerse extensivos a todas las formas de saber y conocimiento. Lo que nos interesa es más bien detectar “cisnes negros”, es decir, casos que muestren, de alguna manera, los límites de lo posible en términos de hibridación de saberes y formas de conocimiento a lo largo de distintos momentos históricos y en un contexto cultural dado. En este sentido, un tema que recorre todo el volumen es la existencia formas de hibridación diversas que se han desarrollado en el largo plazo y aplicables a formas de conocimiento bien diferentes.

Es en el espacio de esta circulación trans e intracultural de saberes que, siguiendo parcialmente a Daniel Rodgers, podríamos caracterizar como “entre-espacio” –es decir, áreas grises que no constituyen ni el punto de emisión ni el de recepción– donde se generan formas híbridas de conocimiento, que, en algunos casos, tienen un fuerte impacto social (Rodgers, 1998). Tomando prestado el concepto desarrollado por Harald Fischer-Tiné para la circulación de saberes en el contexto del sistema colonial inglés, podríamos decir que lo que se produce en los entre-espacios se trataría de un “pidgin knowledge” (Fischer-Tiné, 2013), es decir, un saber dialectal, conformado como resultado del procesamiento de elementos que, en los casos analizados aquí, no siempre provendrían de culturas radicalmente distintas, sino también de la combinación de componentes de origen intracultural, es decir, originado en distintos sectores del mismo espacio cultural.

Estos fenómenos de hibridación se perciben con claridad, por ejemplo, en la contribución de Soledad Quereilhac acerca de la recepción y difusión de los rayos X en nuestro país. Quereilhac muestra la existencia de una superposición relativamente asincrónica de distintos niveles y registros de recepción y diseminación de la novedad representada por el descubrimiento realizado por Wilhelm Röntgen en 1895. Estas múltiples recepciones colocaban a los rayos X en la convergencia de las tecnologías médicas, el espectáculo, la literatura fantástica y también los fenómenos sobrenaturales. En efecto, como muestra Quereilhac, uno de los primeros espacios de difusión del fenómeno estuvo conformado por publicaciones que respondían a grupos espiritistas y ocultistas que consideraban que la existencia de los rayos X -cuya cualidad consiste, precisamente, en su capacidad de penetrar los objetos sólidos-, constituía una confirmación validada por la ciencia de los fenómenos paranormales, cuya existencia venían sosteniendo. Recordemos que, hasta las primeras décadas del siglo XX, la separación entre hechos comprobables científicamente, por un lado, y fenómenos paranormales y extrasensoriales, por el otro, también era porosa aun en los países centrales (Europa y los EEUU), y no era infrecuente la participación muy activa de prestigiosísimos científicos de nivel internacional (incluyendo algún ganador del Premio Nobel como fue el caso del fisiólogo francés Charles Richet, entre otros) en sesiones de espiritismo.

Otro fenómeno de superposición de formas diferentes de recepción y producción de conocimientos más o menos contemporáneo al analizado por Quereilhac, aunque sin referencias a lo sobrenatural, es el que surge de la contribución de Marina Rieznik, que tiene como objeto de análisis los intentos de unificación de la medición del tiempo llevados a cabo en Argentina hacia finales del siglo XIX. Lo que constituyó una necesidad originada en el ámbito científico vinculada a la astronomía, es decir, a la capacidad de medir el tiempo con exactitud y, sobre todo, a la posibilidad de establecer la simultaneidad de procedimientos, fue sentido al mismo tiempo como necesidad por una multiplicidad de actores que iban desde funcionarios estatales hasta grupos legos, pasando por comerciantes e industriales. Telégrafos, ferrocarriles, pero también astrónomos aficionados interesados en observar el pasaje de los astros y los primeros experimentos en psicología, así como el mundo de los negocios, generaron de manera más o menos coincidente la necesidad, no solamente de tecnologías cada vez más precisas para la medición del tiempo, sino también de teorías sobre la simultaneidad y, en el límite, sobre la idea misma de tiempo.

Si una parte de la difusión de los rayos X y los debates sobre las mediciones del tiempo se desarrollaron, al menos parcialmente, en espacios alejados del incipiente campo científico, otro tanto puede decirse de la economía medio siglo después, en particular a partir de lo que podría caracterizarse como el “momento keynesiano” analizado por Jimena Caravaca y Ximena Espeche. Su contribución muestra que un conjunto de nociones, que en un momento conformaron lo que se conoció como keynesianismo, tuvo una faceta práctica y otra teórica que se desarrollaron, al menos en Argentina, de manera no simultánea y a partir de circuitos de trasmisión diferenciados. Un primer espacio para la recepción de algunas de las premisas del economista inglés se ubicó en instituciones vinculadas a intereses políticos y corporativos, tales como la Unión Industrial Argentina. La llegada de esas nociones a los claustros académicos ocurrió con casi dos décadas de retraso respecto de esa primera recepción, y su camino estuvo mediado tanto por las traducciones realizadas, en su mayoría, por la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica, como por el hecho de que las ideas keynesianas fueran leídas generalmente a través de comentaristas y divulgadores, y no de la fuente original.

Los saberes asociados a las tecnologías médicas (rayos X), a la astronomía y a la medición del tiempo, entre otros, se fueron posteriormente consolidando como saberes expertos. Alrededor de ellos se generaron sistemas de exclusión más o menos rígidos basados en esquemas de formación y reproducción específicos, así como en el uso de jergas especializadas. Podría decirse que las fronteras entre estas formas de conocimiento y el sentido común, aunque nunca fueron (ni lo son aún hoy en día) absolutas, a lo largo del tiempo han desarrollado perfiles relativamente más nítidos que en el caso de la economía, y esto ocurrió no solo en la Argentina. Como señala Nicolas Delalande, todavía a principios del siglo XX el saber económico circulaba en Francia más asociado a prácticas y experiencias concretas que en su forma más teórica (Delalande 2016, p. 609). Sin embargo, existen otras formas de saberes y prácticas donde las porosidades entre el mundo experto y el lego son todavía más notorias y persistentes en el tiempo. En su contribución, Mariano Ben Plotkin, por ejemplo, analiza el caso de un saber de características híbridas particularmnte notorias, que se difundió al mismo tiempo en ámbitos letrados y populares. Se trata del psicoanálisis: un sistema de pensamiento y creencias que, a lo largo de las décadas, adquirió gran visibilidad en Argentina y otros países de la región, y que se diseminó por distintos medios, antes incluso de su institucionalización y de la concomitante emergencia de formas consolidadas de transmisión y divulgación. Sin embargo, aun después de la creación de sociedades psicoanalíticas formales, es decir, luego del establecimiento de ortodoxias socialmente legitimadas, el conocimiento psicoanalítico siguió circulando de manera paralela por otras vías, a través de la acción de actores que –como el brasileño Gastão Pereira da Silva en Río de Janeiro o los argentinos Gino Germani y Enrique Butelman en Buenos Aires, durante su colaboración en la revista de fotonovelas Idilio– se ubicaban entre la cultura letrada y el mundo experto, por un lado, y la cultura popular1, por el otro. En el caso de Butelman y Germani, ambos provenientes de –y actuantes en– espacio expertos, esta posición anfibia se debió a una coyuntura política particular: el primer gobierno de Juan Perón, que los excluyó de los espacios académicos. Pero, al mismo tiempo, y sobre todo a partir de la década de 1960, han sido en muchas instancias los propios psicoanalistas –institucionalizados o no– quienes han contribuido a la difusión del saber psicoanalítico por fuera de los circuitos propiamente letrados. Desde luego, resulta imposible conocer la relación existente entre este tipo de difusión y la expansión de la práctica psicoanalítica, pero sin duda ambas contribuyeron a conformar un “saber práctico” alrededor del psicoanálisis (Plotkin, 2002).

Así como la revista Idilio fue, durante la década de 1940, un espacio de difusión del psicoanálisis, en la actualidad otras publicaciones populares tales como la revista femenina Ohlalá, analizada por Nicolás Viotti, contribuyen a difundir, y al mismo tiempo constituir, un menú de saberes mucho más heterogéneos pero también vinculados, como el sistema freudiano, a la gestión del yo. En efecto, en esta publicación, heredera de las revistas femeninas que se modernizaron en la década de 1960, pero, a diferencia de ellas, destinada a un tipo de mujer ya emancipada y empoderada, convergen saberes y prácticas vinculados a la psicología positiva con otros más cercanos a lo que se conoce como Nueva Era y aun otros asociados al mundo empresarial. Con este propósito, la revista –que constituye un ejemplo al que pueden sumársele muchos otros– convoca a un conjunto variopinto de expertos, algunos ya legitimados dentro de su respectivo campo de acción, y otros que se consagran como tales, precisamente, por el hecho de que sus nombres aparezcan asociados a la publicación.

Ciertas similitudes con el psicoanálisis presenta también el caso de la difusión de las neurociencias en nuestro país, conjunto de disciplinas que han excedido ampliamente la esfera científica en el cual se originaron para convertirse en un fenómeno cultural de vasta magnitud, tal como lo pone en evidencia Jimena Mantilla (ver también Vidal y Ortega, 2011). Buena parte de las formas de difusión vinculadas al boom de las neurociencias –modos de divulgación que, en muchos casos, las colocan en un espacio cercano al género de la autoayuda2– han sido producidas por los propios neurocientíficos. Por otra parte, muchos neurocientíficos son rutinariamente consultados por los medios para opinar sobre cuestiones que caen muy por fuera de su especialidad. Es, en este sentido, que puede trazarse un paralelo con el caso del psicoanálisis, sobre todo (para este último) en el período cercano a la coyuntura crítica del año 2001. En ese momento, en que parecía que los saberes sociales habían perdido su capacidad de dar cuenta de la crisis, los psicoanalistas se convirtieron (o más bien fueron convertidos por los medios masivos) en intelectuales públicos, rutinariamente consultados para opinar sobre distintos aspectos de la realidad (Plotkin & Visacovsky, 2007).

Los medios masivos constituyen un importante espacio no solamente para la difusión de conocimientos, sino también para su construcción. En su contribución, Mariana Luzzi y Ariel Wilkis focalizan sus pesquisas en el papel que desempeñó cierta prensa diaria porteña en el proceso de emergencia de un repertorio de saberes y prácticas financieros vinculados al dólar, y la difusión entre amplios grupos sociales de marcos interpretativos legitimadores de prácticas monetarias asociadas a la divisa estadounidense. En este caso, resulta evidente que no se trataba solamente de difundir un conocimiento previamente establecido en otros ámbitos, sino de generar un repertorio de sentidos asociado a prácticas concretas vinculadas a la divisa extranjera y destinadas a sectores de la población no especializados en este tipo de cuestiones. Economía, psicoanálisis, neurociencias y otras formas de conocimiento devinieron en saberes híbridos al estar ubicados en la encrucijada entre la ciencia y el sentido común, entre los saberes propios de círculos letrados y expertos y la cultura popular.

Las múltiples caras de la circulación

Los estudios sobre circulación de ideas, como los incluidos en el presente volumen, habilitan la posibilidad de retomar figuras muchas veces descartadas por la historia intelectual –y más aún por la historia de la ciencia– debido a su marginalidad respecto de los circuitos formales de circulación y consagración de conocimiento. En efecto, si hasta ahora nos hemos referido a formas híbridas de saber, en los procesos de difusión de conocimientos y creencias han cumplido un papel activo actores que también podrían ser caracterizados como híbridos o, mejor aún, como “anfibios”. Se trata de individuos que actúan simultáneamente en la producción, circulación y difusión de saberes, y en distintos niveles culturales y sociales. Nos referimos en particular a un conjunto heterogéneo que excede a los perfiles del intelectual o el experto: son inventores, autodidactas, periodistas y aficionados; “pioneros” y divulgadores o promotores culturales; en algunos casos (como el de las neurociencias) se trata incluso de científicos más o menos consagrados que se manejan entre el campo científico y la cultura popular; traductores y editores de distinta clase. En suma, son individuos que se ubican en el borde poroso entre el mundo letrado y la “cultura popular”, universo que se superpone en ocasiones con aquello que Beatriz Sarlo caracterizó como “saberes del pobre” (Sarlo, 1992). Estos actores se localizan en –y al mismo tiempo definen– los “entre espacios” de circulación a los que nos referimos antes, operando, además, y en algunos casos de manera simultánea, como productores y como correas de transmisión del conocimiento.

Un caso particular de estos actores híbridos es el de los coleccionistas amateurs devenidos directores de museos regionales y funcionarios del Estado analizado por Alejandra Pupio y Giulietta Piantoni. Se trataba de personajes casi anónimos: maestros de escuela, periodistas locales, aficionados, activos durante la primera mitad del siglo XX en la Provincia de Buenos Aires. A partir de sus colecciones privadas de objetos arqueológicos, curiosidades y restos fósiles, se fue construyendo una red de museos locales oficiales que entraban en diálogo con instituciones consagradas tales como los grandes museos provinciales. Pupio y Piantoni muestran cómo estos personajes no solamente se convirtieron en interlocutores de la ciencia oficial, sino que, además, su labor era requerida por los especialistas en vías de profesionalización, de manera similar a como había ocurrido con los múltiples “expertos del tiempo” analizados por Rieznik; y, al igual que ellos, los museólogos aficionados, devinieron “expertos” más o menos reconocidos no a partir de la posesión de un conocimiento de tipo teórico, sino de su propia práctica.

Otro ejemplo claro de un actor ubicado en un espacio híbrido, pero cuya trayectoria se localizaría en las antípodas de la de los museólogos aficionados estudiados por Pupio y Piantoni, sería Oscar Varsavsky (1920–1976). Una dimensión específica (y particularmente híbrida) de su vida profesional es analizada por Ana Grondona. Se trataba de un individuo bien conocido por su labor científica, sus trabajos sobre epistemología y por sus intentos pioneros de acercamiento entre las ciencias consideradas “duras” y las sociales. Grondona, sin embargo, muestra cómo muchas de las ideas planteadas por Varsavsky en su ampliamente difundido texto sobre desarrollo económico, Proyectos nacionales. Planteo y estudios de viabilidad (1971), se habían originado como resultado de su participación previa, durante los años cincuenta, en la redacción de una revista popular de “fantasía científica”, Más Allá de la Ciencia y de la Fantasía, publicada por Editorial Abril, la misma editorial que publicaba contamporáneamente Idilio, la fotonovela en la que colaboraban Butelman y Germani. La dimensión de la obra de Varsavsky analizada por Grondona lo ubica claramente como un actor híbrido, pero en el sentido opuesto al de los personajes analizados por Pupio y Piantoni. En efecto, mientras estos se localizaban por fuera de los espacios expertos y solo se incorporaron a ellos a partir del desarrollo de un conocimiento práctico, Varsavsky se ubicaba dentro del mundo socialmente legitimado de la ciencia.

Aunque entre los diversos actores analizados en este volumen, aquellos que más se acercan a la figura clásica del divulgador científico sean tal vez los neurocientíficos analizados por Mantilla (individuos por lo general ubicados en una posición más o menos central dentro del campo científico en el que actúan), la relevancia de la divulgación había sido identificada desde mucho antes por figuras tales como Eduardo Holmberg, analizado por Paula Bruno. La autora muestra que, para Holmberg, resultaba imperioso que los sabios irradiaran sus conocimientos específicos hacia la sociedad porque, a su entender, la difusión de la ciencia constituía una de las principales herramientas de progreso y modernidad. La divulgación científica se debía apoyar tanto en figuras destacadas o grandes personalidades de la ciencia, como asentarse en espacios institucionales tales como museos, jardines zoológicos y botánicos, academias, asociaciones y escuelas. El apoyo del Estado debía convertir estos ámbitos en verdaderos centros de difusión, y a la vez de producción, de saber.

Mantilla, por su parte, muestra que el “neuroboom” que se experimenta en la Argentina un siglo más tarde se originó, en buena medida, como respuesta a una demanda de difusión de las neurociencias que un grupo de neurocientíficos contribuyeron a constituir. Sin embargo, frente a la excesiva expansión de esta demanda, algunos de ellos han comenzado a preocuparse, entre otras cosas, por distinguir a los “verdaderos” divulgadores de los advenedizos, o por ir al rescate de la rigurosidad científica en el ancho mar del slogan y el entretenimiento. El texto de Mantilla nos brinda también una mirilla a través de la cual la cual se pueden observar las estrategias de intervención de los neurocientíficos en el espacio público, mientras concluye que esas intervenciones son en sí mismas formas de reinvención del discurso científico.

Estado y circulación de saberes

Otro actor que ha ocupado históricamente un lugar relevante en la generación y difusión de conocimientos ha sido el Estado. Cuando nos referimos al Estado, no aludimos a un sistema institucional completamente constituido, y mucho menos a una especie de “meta campo” –en el sentido que le asigna Pierre Bourdieu–, que definiría las reglas de juego de los otros campos de interacción social (Bourdieu, 1993). En un contexto como el argentino (y podríamos extender la idea al resto de América Latina), el Estado aparece mostrando también su costado más precario. Consideramos al Estado como un espacio institucional en constante formación, con fronteras también difusas y abundantes zonas grises de interacción con la sociedad civil (Plotkin & Zimmermann, eds., 2012).

Bruno muestra cómo Eduardo Holmberg, un personaje de alguna manera representativo de su generación, no solamente estaba fuertemente involucrado en la difusión del conocimiento científico a partir de su revista El Naturalista Argentino (y también podríamos decir, de su gestión en el flamante Jardín Zoológico), sino que, por otro lado, ponía fuertes expectativas en la labor del Estado en este sentido; es decir, no sólo como promotor de la generación de conocimiento científico en el país, sino también de su difusión. Los aficionados semi-anónimos estudiados por Pupio y Piantoni, por otro lado, lograban ganar legitimidad precisamente por ser capaces de establecer un diálogo no solo con el mundo de la ciencia, sino también con el Estado y, eventualmente, convertirse en funcionarios a sueldo.

Por otra parte, durante los años 1950, en pleno auge de la física nuclear, encontramos una situación paradojal. Durante el primer gobierno de Perón, como muestra Hernán Comastri, fue el propio Estado, a partir de una convocatoria pública propiciada por el Presidente, el que fomentaba la iniciativa amateur en un área tan especializada y delicada como era (y sigue siendo) la energía atómica. Así, con motivo de la formulación del Segundo Plan Quinquenal, Perón solicitó a los ciudadanos que enviaran iniciativas de todo tipo, entre las cuales surgieron las de numerosos inventores aficionados y personas más o menos marginales que, desde lugares recónditos del país –y aun desde el extranjero–, sostenían estar en condiciones de manipular la energía nuclear3. Tal participación sería un indicador de que el tema de la energía atómica y sus aplicaciones (posibles o fantaseadas) formaba ya parte de un imaginario popular alimentado por lo que se sabía acerca del desarrollo de la misma en los países centrales, pero también por una miríada de publicaciones más o menos populares, tales como la revista en la que colaboraba Varsavsky, mencionada anteriormente. La diferencia obvia entre el caso analizado por Bruno y el estudiado por Comastri es que, mientras durante las décadas finales del siglo XIX ni la ciencia ni otras formas de conocimiento se hallaban aún completamente institucionalizadas, permitiendo un pasaje muy fluido de individuos y formas de acumulación de capital simbólico entre diversas áreas de actividad, para la década de 1950 ya existía un universo científico relativamente consolidado e institucionalizado (en parte, debido a la propia acción estatal), cuya lógica, sin embargo, entraba en colisión con la del estado peronista. Lo que resulta más notorio e intrigante, en efecto, es el hecho de que, en un momento tan tardío como la década de 1950, Perón tomara en serio todas las propuestas que le hacían llegar (incluyendo aquellas que desde todo punto de vista pudieran resultar disparatadas), remitiéndolas al organismo científico competente para su evaluación y eventual rechazo, lo que se producía en casi todos los casos.

Hebe Vessuri ha señalado la importancia del papel del Estado en la construcción de un saber científico que se constituye, al mismo tiempo, en una fuente de dominación (Vessuri, 2004: p. 178). Según esta autora, “la ciencia y la tecnología se están convirtiendo gradualmente en un sustituto de la política en muchas sociedades” (Vessuri, 2004: p. 180). Tanto los trabajos de Bruno, con foco en las décadas finales del siglo XIX, como el de Comastri, centrado en la década peronista, muestran las idas y venidas que este proceso ha sufrido a lo largo de la historia argentina. Holmberg (como muchos intelectuales de su época) separaban claramente lo que era el “Estado” (al que asignaba cualidades positivas) de la “política” (a la que se le asignaba un carácter negativo). Por otro lado, aun en un momento que podríamos caracterizar como de “hiperpolitización del Estado”, como fueron las primeras dos presidencias de Perón, la lógica científica parecía ponerle límites a la política, como luego se vería más claramente con el episodio conocido como el “affaire Richter”4.

Posibilidades y complejidades inherentes a la hibridación

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos por los límites de las situaciones de hibridez y de las posibilidades de intersección entre circuitos formales e informales de producción y circulación de conocimiento. Tradicionalmente, se consideraba que la consolidación e institucionalización de una disciplina implicaba también una cierta clausura, en el sentido de que los circuitos de difusión extra-institucionales perdían legitimidad. Esto, efectivamente, ha sido el caso de algunas disciplinas que se profesionalizaron exitosamente, como puede haber sido la medicina (González Leandri, 1999; Abbott, 1988), que terminó desplazando a sus competidores (farmacéuticos, curanderos, etc.), aunque tal desplazamiento no fue ni tan radical ni tan veloz como pretenden algunas miradas canónicas. Lo cierto es que existe otro universo de disciplinas y saberes para los cuales el establecimiento de circuitos formales de transmisión y credencialización no necesariamente ha obturado la existencia de otros mecanismos de circulación menos convencionales o heterodoxos, como es el caso de la difusión de conocimientos vinculados a las finanzas y la economía estudiado por Luzzi y Wilkis. Esto resulta particularmente claro entre aquellos saberes alrededor de los cuales se han generado “subculturas”, como podrían ser el psicoanálisis, la economía o las neurociencias. Por “subcultura” entendemos, siguiendo parcialmente a Sherry Turkle, la consolidación de ciertos marcos interpretativos ampliamente compartidos como resultado del proceso por el cual términos, conceptos e ideas originados dentro de una forma específica de saber son apropiados y utilizados para explicar fenómenos que, originariamente, no estarían dentro de su área particular de competencia (Turkle, 1992).

El hecho de que algunos de estos saberes pudieran ser apropiados para habilitar un nuevo lenguaje legitimado por la ciencia que permitiera dar cuenta de antiguos intereses contribuiría a la generación de una “subcultura” a partir de conocimientos específicos. Un caso claro es, nuevamente, el del psicoanálisis, disciplina que se ocupa de los sueños –los fenómenos que se ubican por fuera de la conciencia– y la sexualidad. Estos temas, desde distintas perspectivas, habían interesado a la humanidad desde tiempos remotos, pero con la aceptación de las doctrinas de Freud pasaron a ocupar el lugar de temas que podían legítimamente ser discutidos desde la ciencia. Similar parece haber sido el caso de las neurociencias, al ser asociadas, en el proceso de su difusión popular, a un género preexistente y ya bien instalado: el de la autoayuda. Por otro lado, como lo muestran Quereilhac y Comastri, tanto los rayos X como los conocimientos vinculados al uso de la energía atómica, de alguna manera, generaron en distintos momentos diversas “subculturas” propias, cuyas condiciones de posibilidad estaban asociadas a procesos históricos determinados. En el primer caso, la difusión de los múltiples discursos alrededor del descubrimiento de Röntgen tuvo que ver con el hecho de que por entonces el conocimiento científico podía todavía coexistir de manera más o menos cómoda con un interés por los fenómenos paranormales, ya que los rayos X vendrían a corroborar la existencia de aquellos. En el caso de la energía atómica, la situación fue bien diferente, ya que el contexto de su popularización estuvo dado por la guerra fría y por la recepción de literatura popular de origen norteamericano y europeo (y también soviético para el caso de aquellos cercanos al Partido Comunista), a lo cual contribuyeron emprendimientos tales como la Editorial Abril. Esos contextos proporcionaron una amplia proyección social a un conjunto de saberes muy específicos y ubicados por fuera de las capacidades de manipulación por parte de los legos.

Pero también parece haber existido un elemento adicional que permitió la generación o supervivencia de circuitos paralelos a los oficiales de difusión de saberes: su asociación a “grandes figuras” (todas ellas masculinas en los casos analizados). Freud, Einstein, y en menor medida Keynes, cada uno en su momento y de manera diversa, constituyeron –en realidad fueron construidos como– símbolos de la modernidad. Se podría decir que alrededor de cada uno de ellos se generó un “momento”, es decir, que estas personalidades definieron las características de una época determinada expandiendo y redefiniendo los límites de lo pensable y decible en un momento histórico dado: es decir, en términos de Marc Angenot, del “discurso social” (Angenot, 2010). El caso del keynesianismo muestra la relación del peso y la voz de una figura pública con los modos en que se anudaban las posiciones del experto y del lego. El trabajo de Caravaca y Espeche analiza el entramado por el que ciertas asunciones sobre la economía, que se reconocerían como “keynesianas” mucho después, eran parte de un universo mucho más amplio de problemas a abordar por parte de corporaciones tales como la de la Unión Industrial Argentina en los primeros años de la década de 1930. El keynesianismo, en este caso particular, fue recibido, apropiado y utilizado tanto por expertos –economistas de reciente y creciente profesionalización– como por usuarios provenientes de otros mundos que encontraron en esos contenidos sustento para sus posiciones.

Los distintos casos analizados muestran las posibilidades, pero también los límites y, sobre todo, las complejidades existentes en los procesos de hibridación de distintas formas de conocimiento en momentos históricos diversos. Estas complejidades tienen que ver con factores tales como los niveles de institucionalización y legitimidad alcanzados por distintas formas de saber en coyunturas históricas diversas, pero también con la naturaleza de los conocimientos estudiados y otros factores culturales de índole más general. Así, mientras que los casos analizados por Quereilhac y Rieznik se desarrollaron en un momento temprano de la conformación del campo científico argentino, para la década del 30, la economía, como saber experto, estaba bastante consolidada. En 1913 se había creado la Facultad de Ciencias Económicas y existía ya una importante cantidad de publicaciones y espacios de sociabilidad especializados asociados a esta forma de conocimiento. Sin embargo, las sucesivas crisis económicas que sufrió el país contribuyeron a reposicionar a la economía en un lugar híbrido entre saber experto y sentido común. Diferentes fueron los casos del psicoanálisis y las neurociencias. Ambos se generaron en ámbitos específicamente científicos y, por diversas circunstancias evolucionaron de manera híbrida hasta el punto de que, en el caso de la neurociencia en particular, se trata de un saber experto de alto nivel de especificidad cuyas fronteras con el saber popular, sin embargo, se han tornado porosas en parte como resultado de la acción de los propios agentes “expertos”.

La centralidad de los soportes materiales de la circulación

Una característica común de los trabajos compilados en esta publicación es la rica variedad de fuentes utilizadas. Cartas personales, revistas populares, fotonovelas, publicaciones periódicas, prensa de época, cartas de lectores, publicidades, registros fílmicos y fotografías han sido analizadas con metodologías diversas. Estas fuentes constituyen tanto medios portadores de contenidos, como elementos mediadores en el proceso de circulación; es decir, que al mismo tiempo transmiten, reformulan y construyen conocimiento. Se podría decir que la propia naturaleza material o simbólica de las fuentes resultan un factor constitutivo de saberes. La formación de saberes en espacios académicos es fácilmente rastreables a través de documentos institucionales y obras de autores; mientras que la producción de saberes asociada a la cultura popular sigue caminos menos obvios para su rastreo (Bajtín, 1998; Ginzburg, 1981). Para analizar procesos de circulación de saberes, resulta necesario reconocer aquellos dispositivos que funcionan no solo como canales de transmisión de un saber, sino como catalizadores de la circulación, como nodos de redes, donde, al mismo tiempo, se produce saber. Algunos de esos soportes materiales llegan a encapsular diversos niveles de recepción que se cruzan unos con otros. En el conjunto de textos aquí compilados, por ejemplo, dos casas editoriales: Abril5 (cuyas publicaciones son discutidas por Comastri, Grondona y Plotkin en sus respectivas contribuciones) y Fondo de Cultura Económica6 (discutido por Caravaca y Espeche), surgen como piezas claves al momento de pensar cómo ciertos saberes fueron recibidos, apropiados y resignificados por públicos no necesariamente vinculados a medios académicos o expertos.

La prensa escrita también constituye un medio privilegiado de difusión y re-significación de conocimientos. Luzzi y Wilkis focalizan en el rol de la prensa y se proponen detectar los dispositivos culturales mediante los cuales el dólar se fue convirtiendo en un significante de relevancia para vastos grupos de la sociedad argentina. En parte, este proceso habría sido el resultado de una operación pedagógica puesta en marcha a través de la prensa diaria y la publicidad a efectos de educar a los lectores respecto de la importancia, no solo práctica, sino también simbólica, de la divisa. Así, habrían logrado convertir al dólar no solo en una referencia de los agentes económicos más poderosos, sino en un elemento central de un sentido común económico generalizado. Por otro lado, Viotti analiza el lugar de otro medio popular de características bien diferentes a las de la prensa diaria: la revista femenina Ohlalá. El rol del periodismo, las editoriales y publicaciones periódicas (diarios y revistas de diverso tipo) como correas de transmisión de saberes –y también como factores que determinaron, hasta cierto punto, el carácter híbrido de los mismos–, pone en evidencia la importancia de analizar los soportes materiales e institucionales vinculados a la circulación y construcción de conocimientos entre diferentes espacios.

Como debiera resultar evidente de las distintas contribuciones que componen este volumen, son varios los caminos que pueden tomarse para estudiar procesos de producción y circulación de saberes. Un recorrido posible es el de reconstruir el impacto o la repercusión que una idea nueva o cierta innovación tecnológica tiene en ámbitos no especializados, como hace Quereilhac con el evento del descubrimiento de los rayos X o Rieznik con su análisis de la medición del tiempo. Otra opción consiste en catalogar el conjunto heterogéneo de imágenes y representaciones que, a nivel social, se asocian a un saber específico, como hace Comastri con la energía atómica. Una estrategia diferente reside en poner a dialogar la recepción letrada y profesional de una disciplina con otros canales de diseminación de saberes propios de otras áreas de la cultura, como hace Plotkin con el psicoanálisis, o Mantilla con las neurociencias. Puede seguirse así la pista de la circulación y consiguiente resignificación de ciertas nociones o conceptos en ámbitos desvinculados de su universo de origen.

Un camino diferente radicaría en trazar la trayectoria de una figura ubicada en los ámbitos “autorizados” de la divulgación científica para reconstruir un circuito particular de circulación de saberes, a partir de hilvanar los diversos espacios donde ese personaje clave se desempeñó, como hace Paula Bruno con Eduardo Holmberg, o Ana Grondona con Oscar Varsavsky. Finalmente, otro camino estaría marcado por individuos cuyo saber se origina en la práctica y que, sin embargo, terminan actuando como expertos reconocidos y legitimados no solo socialmente, sino por el propio Estado, como es el caso de aquellos estudiados por Pupio y Piantoni.

El libro

Este libro es el producto de un proyecto colectivo llevado a cabo desde el año 2015 por investigadores que provienen de disciplinas tan dispares como la sociología, la historia, la antropología, los estudios literarios y la economía. Esperamos que el diálogo que dio origen a este libro se amplíe, incluyendo ahora a sus lectores, para lo cual, al final de cada capítulo, hemos incluido un espacio de interacción con los autores. Para su elaboración y puesta en línea, el libro recibió financiación de los siguientes proyectos: PICT 2013-2770, PICT 2016-0121, PIP 2014-2016 GI, código 11220130100024CO, y de un Proyecto de Investigación de Unidades Ejecutoras (PUE-CONICET), código 22920160100005. Las reuniones de discusión de los borradores que ahora conforman esta compilación fueron financiadas a partir de un subsidio de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, RC 2014-0327. Es el resultado de un trabajo realizado en conjunto desde el comienzo y pensamos que, por su naturaleza, el volumen reproduce el carácter híbrido o anfibio de su objeto de estudio. Quisiéramos agradecer (aun a riesgo de olvidarnos de alguien) a la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica y al CONICET por su apoyo financiero, a las autoridades del Centro de Investigaciones Sociales, CIS-IDES/CONICET, especialmente a su director, Dr. Sergio Visacovsky, y a la Mg. Julieta Lenarduzzi y la Lic. Gabriela Mattina, miembros ambas de la carrera del personal de apoyo de CONICET; y a las Dras. Lorena Poblete y Silvina Merenson, coordinadoras de la colección Libros del IDES, así como a los evaluadores externos que colaboraron con ideas atinadas y lecturas muy atentas. Junto a ellos, nuestro agradecimiento al personal administrativo y de apoyo del CIS por su dedicación al proyecto. Agradecemos especialmente a Piroska Csúri por su cuidadosa lectura, edición y comentarios. La implementación de la versión digital estuvo a cargo de  Con Vista Al Mar, a quienes agradecemos el habernos incentivado a pensar el libro en un nuevo formato.

Bibliografía

*Imagen de portada: fotografía extraída de https://pixabay.com/

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Instrucciones de citado en la versión PDF.

  1. El término “cultura popular” es problemático. Es este contexto lo definimos como aquella dimensión de la cultura que pasa por fuera de los mecanismos de producción y circulación formales de bienes simbólicos y de aquellos que gozan de legitimidad en los ambientes letrados.
  2. Sobre autoayuda ver Papalini (2016).
  3. Ver también Guy (2016).
  4. Nos referimos al físico austríaco Ronal Richter quien, después de la Segunda Guerra Mundial llegó a la Argentina y convenció a Perón que sería capaz de general energía a partir de la fusión atómica. Perón se entusiasmó desmedidamente con el proyecto y le otorgó fondos casi ilimitados para que construyera un laboratorio en la Isla Huemul. Al mismo tiempo la maquinaria oficial de propaganda se puso al servicio de difundir el proyecto. Sin embargo, en poco tiempo, y en parte como resultado de evaluaciones llevadas a cabo por científicos prestigiosos, se reveló que se trataba de un fiasco y todo el proyecto fue abandonado.
  5. En el caso particular de la Editorial Abril, se trataba de un emprendimiento del empresario ítalo-norteamericano de origen judío Cesare Civita, que llegó al país en 1941 representando a la compañía Walt Disney. Aunque originalmente el fuerte de la editorial había sido la literatura infantil, la misma abordó también exitosamente otros géneros. Muy pronto, la editorial se convirtió en un punto de encuentro para un conjunto de inmigrantes (la mayoría de ellos judíos e italianos) escapados de Europa, a los que se sumaron intelectuales de izquierda, algunos cercanos al –o miembros del– Partido Comunista, que habían sido excluidos de los sistemas académicos formales durante el gobierno de Perón, así como también exiliados españoles. De esta manera, encontramos trabajando en la editorial junto a Germani, Butelman y Varsavsky, a Manuel Sadosky, Boris Spivacow, Grete Stern, Héctor Oesterheld y Malvina Segre, entre muchos otros. Casi todos ellos tenían una formación académica y científica que, en algunos casos, se combinaba con experiencias previas en el mundo editorial. La mayoría de ellos (no todos) volvió al mundo académico cuando la oportunidad se presentó nuevamente luego de la caída de Perón. Sin embargo, mientras trabajaban en Abril, continuaban participando activamente de circuitos no oficiales de circulación de conocimiento científico, tales como el Colegio Libre de Estudios Superiores. En este sentido, se trataba de personajes ubicados entre el mundo académico y la cultura popular. Si bien la revista Más Allá (cuyo subtítulo era “cuentos y novelas de la era atómica”), analizada por Grondona, se especializaba en ciencia ficción (o fantasía científica) –y hay que notar que su público pertenecía más bien a los sectores medios ilustrados, lo que restringía su mercado y en parte por eso su publicación cesó en 1957 (Scarzanella, 2016: pp. 107-108)-, el tema de la energía nuclear y, sobre todo, el de las bombas atómicas estaba presente en varias de las publicaciones de la editorial, incluida la propia Idilio. El clima de la guerra fría permeaba diversos espacios culturales. En una revista de historietas también publicada por Abril en la misma época, “Colt el justiciero”, aparecía el personaje de Red Bill, un indio sioux comprometido con la destrucción de una poderosa bomba atómica que estaba siendo construida en el estado de Tennessee (Scarzanella, 2016: p. 81).
  6. La editorial mexicana Fondo de Cultura Económica (FCE), por su parte, comenzó sus actividades en 1934, gracias al impulso de los economistas Daniel Cosío Villegas y Eduardo Villaseñor, miembros de la llamada “generación de 1915”. Se trataba de un emprendimiento que buscaba originariamente poner en contacto a estudiantes y funcionarios mexicanos, y en general latinoamericanos, con las discusiones económicas más recientes, particularmente a aquellas en idioma inglés. Nacida con el objetivo de traducir obras al español, en pocos años, sin embargo, la editorial publicaría trabajos –muchos de ellos escritos por encargo de la propia editorial– de autores latinoamericanos sobre países de la región o sobre la región como un todo. El FCE, entonces, ha cumplido la función de acercar debates económicos a un público amplio conformado por estudiantes o gente interesada en la economía.

Dra. en Ciencias Sociales (UBA) y Dra. en Historia (París 7 Diderot) Investigadora del CONICET (CIS - IDES)

Dra. en Ciencias Sociales (UBA) Investigadora del CONICET (CIS - IDES)

Dr. en Historia (University of California) Investigador del CONICET (CIS - IDES)

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