La apuesta por la energía atómica

Guerra Fría, políticas de Estado e imaginación técnica popular en el primer peronismo (1946-1955)

Al volver la vista hacia el mundo de la segunda posguerra resulta difícil encontrar una imagen capaz de capturar la imaginación social con la misma intensidad que aquella del hongo atómico, símbolo de una nueva y fantástica potencia, a la vez creativa y destructiva. Este fenómeno fue global y estuvo signado por las dinámicas propias de la Guerra Fría. Pero en el plano local argentino, la disputa por el sentido de “lo atómico” no pudo sino adaptarse a las condiciones específicas del país, a sus desafíos socioeconómicos y a una larga tradición de inventiva popular, ahora interpelada por el fenómeno peronista.

Mientras que el impacto que los desarrollos internacionales en física nuclear tuvieron sobre la comunidad científica y académica argentina de mediados del siglo XX ya ha sido abordado por diversos estudios académicos1, no fue así con las repercusiones de estos mismos desarrollos sobre la población alejada de los claustros universitarios y las instituciones de ciencia y tecnología. En parte, esto responde a una dificultad en el acceso a fuentes primarias útiles para tal estudio. El utilizar la noción de “lo atómico” tiene, en ese sentido, la intención de dar cuenta del heterogéneo conjunto de imágenes que, a nivel social, se asociaron al nuevo objeto de la energía atómica 2. Lejos de permanecer ajeno a la discusión de los últimos avances de la ciencia y de la técnica internacional, aquel heterogéneo grupo social que, no sin tensiones, puede reunirse bajo la noción de “clases populares” se apropió críticamente de estos discursos e imágenes, pero sólo ocasionalmente contó con los medios para hacer pública su voz. Este es, al menos en parte, el problema al que se refirió Antonio Gramsci al decir que “la historia de los grupos sociales subalternos es necesariamente disgregada y episódica”, y que, por ese mismo motivo, “todo indicio de iniciativa autónoma de los grupos subalternos tiene que ser de inestimable valor para el historiador integral” (Gramsci, 1934/2013, pp. 191–193).

Este obstáculo fue sorteado en investigaciones previas mediante el análisis de las publicaciones periódicas de diversas asociaciones ligadas a la divulgación científica y la técnica popular, mediante la crítica literaria y el trabajo con la prensa de la época, incluyendo en el mismo una mirada atenta sobre las cartas de lectores. Por su intermedio se cuenta ya con una rica historiografía sobre los imaginarios sociales referidos a la ciencia, la tecnología y la modernidad en la Argentina, a los que se hará oportuna referencia en el desarrollo de esta argumentación. Sin embargo, en conjunto, estas investigaciones abordan un período que corre entre las décadas de 1870 y 1930, interrumpiéndose esta línea de análisis justamente en un momento en el que la consolidación de un mercado de masas ampliado, las políticas del primer peronismo apuntadas al área y un cambio internacional en las formas de comprender y practicar las ciencias multiplicaban la cantidad de voces que expresaron estos imaginarios populares desde el exterior de los espacios de la ciencia “legítima”. Es el propósito de este trabajo indagar en el impacto de estas transformaciones socioculturales propias de las décadas de 1940 y 1950 sobre la “imaginación técnica popular” (Sarlo, 1988) de la Argentina del primer peronismo.

Por mi parte, me referiré aquí a la cultura popular con plena conciencia de los abusos y polémicas de los que la misma ha sido objeto en las últimas décadas, y reconociendo que, tal como lo indica Jacques Revel, su definición más clara se continúa operando desde la negativa, desde lo que la cultura popular no es (Revel, 2005, p. 110)3. Y para el caso de los imaginarios científicos y tecnológicos de la Argentina de mediados del siglo XX, se puede decir que cultura popular no es la cultura universitaria (aún muy restringida para las décadas de 1940 y 1950) ni la del diletante de clase alta, cuyos hábitos de consumo no son los del mercado de masas. La distinción responde tanto a criterios analíticos como al respeto de las propias construcciones nativas, en diálogo con un archivo en el que son extremadamente comunes las presentaciones que explícitamente buscan diferenciarse de los “ingenieros”, “doctores” y otros actores de la ciencia establecida.

Las cartas a Perón: “lo atómico” en los inventos y teorías populares

La Secretaría Técnica de la Presidencia (STP) fue el organismo encargado de recibir, procesar y dar respuesta a las más de 20.000 iniciativas enviadas al Estado Nacional con motivo de la preparación del Segundo Plan Quinquenal, en su gran mayoría a partir diciembre de 1951. Esta campaña de recolección de información, solicitada por el propio gobierno a efectos de que los ciudadanos participaran en la elaboración del Plan, tuvo objetivos muy amplios, que excedieron los aquí resaltados. En efecto, la mayor parte de las cartas recibidas por la Secretaría contenían, antes que inventos o supuestos descubrimientos, pedidos de trabajo, de medicamentos o de obra pública, o simples mensajes de apoyo a la gestión de Juan Domingo Perón. Con aproximadamente 500 iniciativas con inventos o proyectos de carácter científico-técnico, el universo de cartas aquí seleccionado, sin embargo, fue numéricamente relevante y generó una particular dinámica de tratamiento burocrático.

Junto a la convocatoria realizada por el propio Presidente de la Nación a través de la cadena oficial de medios de comunicación, desde la misma autoridad política se estableció una normativa para el tratamiento de todas las iniciativas recibidas, que expresamente obligaba a ignorar la formalidad de las presentaciones y la aparente factibilidad de las mismas, así como el origen social de sus autores. De esta manera, aún cuando muchas de las cartas se reducían apenas a un improvisado dibujo a mano alzada o unas pocas líneas en lápiz sobre una hoja de cuaderno, todas las misivas recibidas fueron copiadas por triplicado, respondidas con pedidos de mayores precisiones o detalles, enviadas a una o más comisiones técnicas para su evaluación, respondidas nuevamente para explicar los motivos del rechazo o los consejos para la continuación de aquellos proyectos positivamente evaluados, y finalmente archivadas.

Las iniciativas específicamente apuntadas a desarrollos relacionados con energía atómica tuvieron como principal organismo de consulta técnica la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Creada por el gobierno de Perón en 1950, los orígenes y la historia de esta institución han sido ya exhaustivamente documentados por otras investigaciones; baste aquí recuperar simplemente algunas de las condiciones particulares que le dieron nacimiento y marcaron sus primeros años de vida institucional.

En primer término, es importante señalar que la misma fue concebida originalmente como parte de una estructura administrativa apuntada a apoyar los trabajos del físico austríaco Ronald Richter en la isla Huemul del lago Nahuel Huapi, frente a la ciudad de Bariloche. Los primeros acercamientos entre Richter y el gobierno de Perón habían tenido lugar en 1948, a instancias del ingeniero aeronáutico alemán Kurt Tank, diseñador del avión Pulqui II. La colaboración terminaría en 1952, cuando una comisión investigadora convocada por el propio gobierno de Perón ratificó que el conjunto del llamado Proyecto Huemul había sido un gran fraude orquestado por Richter, a quien los físicos que integraron la comisión investigadora caracterizaron como un “mitómano” incapaz de explicar teóricamente o demostrar empíricamente los supuestos resultados de sus trabajos.

El físico austríaco, recién llegado a la Argentina y traductor mediante, había prometido a Perón un proceso a través del cual controlar la fusión atómica (objetivo que hasta el día de hoy nadie ha alcanzado) y, por su intermedio, producir energía prácticamente ilimitada a muy bajos costos. El particular recorrido del Proyecto Huemul y sus protagonistas (que incluiría tanto el otorgamiento de la Medalla Peronista a Richter por parte del presidente como la posterior detención del físico en el Congreso Nacional) ha sido analizado en detalle por el ya clásico trabajo de Mario Mariscotti (Mariscotti, 2004). Aquí buscaré recuperar, apenas, una noción del impacto que el mismo tuvo sobre el imaginario científico y tecnológico de la Argentina de la época.

Juan Domingo Perón distingue al Dr. Ronald Richter

Consecuencia a la vez de la publicidad de la figura de Richter como “sabio atómico” y del secretismo que rodeaba al Proyecto Huemul, numerosos rumores surgieron en los alrededores de la isla, creando nuevos mitos o re-imaginando antiguos. Este último caso es el de la supuesta existencia de una criatura acuática en las aguas del lago Nahuel Huapi (cariñosamente apodada “Nahuelito”), cuyos primeros avistamientos habrían tenido lugar ya a fines del siglo XIX: si las primeras teorías que se ensayaron para explicar su existencia suponían la supervivencia de un animal prehistórico, a partir de la construcción de los laboratorios de Richter sobre el lago comenzó a hablarse, también, de la posibilidad de que tal animal fuese una mutación causada por la radiación de los “experimentos nucleares” ensayados en la isla (Rey, 2007).

La figura del científico tiene una presencia repetida también en la correspondencia recibida por la STP, generalmente como ejemplo del sabio revolucionario e incomprendido, a quien solo la visión de Perón podría reconocer en su verdadera genialidad. Así, proveniente de un miembro del cuerpo diplomático en Madrid (probablemente un delegado obrero), una de las cartas buscó interceder en la contratación de un ingeniero de origen austríaco, radicado en España, del que se dice que “podría hacer en el campo industrial, lo que Richter está haciendo en el campo de la energía”:

…[H]ay que ver la enorme vanidad y amor propio que hay en los funcionarios argentinos, incapaces de un vuelo imaginativo, aferrados a ideas arcaicas, pendientes a lo que dicen tal o cual funcionario, son incapaces de romper el cerco rutinario, solo el General es capaz de tener una visión amplia de las cosas, si Richter se hubiera topado con alguno de ellos, hubiera fracasado, solo Perón fué capaz de creer en el. Por otra parte estoy acostumbrado en esta a ver altos funcionarios ser titeres de intereses extrangeros, esa es la mayor fuerza contrario a vencer por el General. (Archivo General de la Nación [AGN], Secretaría Técnica de la Presidencia [STP], Caja 457, Iniciativa 1657; destacado en el original)4

También cita a Richter como referencia un supuesto descubridor de un yacimiento de uranio y torio, destacando la opinión favorable que su hallazgo motivó en el director del Proyecto Huemul, en especialistas de la embajada norteamericana y científicos de la CNEA, quienes, luego consultados, negarían taxativamente estos contactos; en un inconsciente juego de espejos, los técnicos de la Secretaría no dudaron en calificar esta última iniciativa como un claro intento de estafa (AGN, STP, Caja 579, Iniciativa 1563). Otros, en cambio, escriben a Perón con el único deseo de sumarse al equipo de trabajo de este “sabio peronista” en la Patagonia (AGN, STP, Caja 462, Iniciativa 1978).

Una vez reconocido el fraude cometido en Huemul, sin embargo, las referencias a Richter desaparecerían de la correspondencia recibida por la Secretaría, mientras que la CNEA ganaba en protagonismo y consolidaba un nuevo perfil institucional, ya más definidamente apuntado a un desarrollo incremental de las capacidades materiales y humanas en línea con la agenda científica internacional del momento. Este cambio fue parte de una redefinición más amplia de las políticas del primer peronismo hacia el área de ciencia y tecnología (Busala & Hurtado, 2006), pero en ningún modo implicó una retracción del interés popular por “lo atómico”. De hecho, cartas vinculadas a este tema continuaron llegando desde la Argentina y el exterior.

Desde la ciudad de Harissa, escribe a mediados de 1952 el “Dr. Chahan Kouyoumjian, experto en energía atómica” y “único teórico atomista del Líbano”, para, en palabras de los técnicos que traducen y sintetizan su carta:

Solicitar se permita su traslado a la República, en relación con importantes descubrimientos referentes a la energía atómica, por él efectuados, sobre los problemas de la microfísica y astrofísica, un nuevo método de producción de energía atómica prescindiendo del uranio, etc. (AGN, STP, Caja 579, Iniciativa 665 y Caja 586, Iniciativa 5236)

Acompaña sus proyectos con un pésame por el fallecimiento de la primera dama y un collage de imágenes de Eva recortadas de publicaciones francesas.

Mientras tanto, desde Buenos Aires escribe un hombre que solicita financiamiento, pues desea formarse como físico atómico en los Estados Unidos, convencido de que “en los próximos 25 años todos los paises que no posean una forma de energía atómica industrializada se encontraran al mismo nivel economico y politico de los paises africanos con respecto a los europeos” (AGN, STP, Caja 459, Iniciativa 3650). Y otro que afirma haber desarrollado una teoría de la “relatividad atómica argentina” capaz, entre otras aplicaciones, de curar el cáncer. La evaluación de los físicos consultados en la CNEA es categórica: “Todas las consideraciones que hace el recurrente son puras creaciones de su imaginación y no tienen relación con hechos de algún fundamento científico” (AGN, STP, Caja 459, Iniciativa 35080/53).

Fragmento de carta manuscrita con esquema sobre la “relatividad atómica argentina”. AGN, STP, Caja 459, Iniciativa 35080, 1953.

Sin embargo, resulta evidente que esta última iniciativa se esforzó por imitar las formas externas y el lenguaje de aquella ciencia en la que buscaba validación. En los numerosos folios que la componen, se suceden explicaciones de tipo teórico y práctico, definiciones de conceptos abstrusos, ecuaciones y cálculos. Incluso tienen aquí un lugar destacado una decena de gráficos que buscan replicar la función fundamental que cumplía la imagen desde el surgimiento y maduración del método científico experimental (Csúri & García Ferrari, 2014, pp. 59–61). A medida que la difusión de textos científicos y de divulgación ganaba en masividad, el impacto del dibujo técnico sobre la cultura visual general se fortaleció como expresión específica de estas investigaciones e inventos, tal como ya ha sido señalado por otros autores para la divulgación científica de la época (Feld & Hurtado, 2010). Entre las cartas reunidas en el archivo de la STP hay cientos de ejemplos que demuestran la importancia conquistada por la imagen científica como vehículo para la imaginación técnica popular.

En las páginas previas, he relacionado el interés popular por “lo atómico” con la figura de Ronald Richter o la actuación de la CNEA, pero este interés también podría ser rastreado con facilidad hasta comienzos del siglo XX y los primeros anuncios de los desarrollos teóricos del joven Albert Einstein. Si bien sus investigaciones representaron un aporte entre muchos otros a la consolidación del campo de “lo atómico”, por diversos motivos en los que aquí no podré detenerme, la figura de Einstein logró capturar la atención del público como pocos científicos de su época5. De hecho, a pesar de que la teoría de la relatividad se relacionaba sólo indirectamente con la nueva tecnología de “lo atómico”6, en la particular reapropiación popular de la figura de Einstein que se instaló a nivel internacional, el físico sería recurrentemente invocado como “el padre” de todo este novedoso campo de desarrollos tecnológicos. A partir de mediados de la década de 1940 se llegó incluso, e ignorando una vida entera de pacifismo militante, a señalarlo como autor intelectual de la bomba atómica.

Y sin embargo, para esta época la percepción social sobre “lo atómico” había experimentado ya una transformación significativa, producto de una dinámica específica a este objeto del imaginario popular, pero a la vez indicativa de un movimiento más amplio en las formas de concebir la ciencia y la técnica, dentro y fuera de los claustros universitarios y las instituciones especializadas. En 1945, había terminado aquello que Matthew Lavine llamó “the first atomic age” (Lavine, 2013).

En las primeras décadas del siglo XX, la figura del físico alemán, antes que admiración, había generado desconfianza y polémicas. Como en el caso de Richter, la historia personal de este antiguo empleado del Registro de Patentes de Berna, Suiza, y futuro Premio Nobel, inspiró cartas de lectores en la prensa local e internacional provenientes de soñadores e inventores “alentados por el mito del genio solitario e incomprendido”; sin embargo, y a diferencia del caso planteado en las páginas previas, estas intervenciones se realizaban en oposición al científico, buscando “una rápida difusión de sus ideas por el recurso expeditivo de refutar (humillar) públicamente a la estrella, en este caso, Einstein” (De Asúa & Hurtado, 2006, p. 121). La elección del blanco de estos ataques tampoco es fortuita, en tanto Einstein parecía ser la personificación más acabada del sabio puramente teórico, cuyas reflexiones abandonaban por completo el sentido común, las lecciones de la experiencia práctica y los modelos mecánicos que habían dominado la ciencia moderna hasta el momento7.

Al rastrear en publicaciones orientadas a hobbystas aquellos rasgos identitarios que caracterizarían al inventor-artesano-bricoleur de las décadas de 1920 y 1930 (lo que De Asúa y Hurtado llamarían científicos y tecnólogos “heterodoxos”), Sarlo arriba a una conclusión similar:

[L]as dos efigies que presiden la página editorial de Ciencia Popular refuerzan esa síntesis de imaginación realista y curiosidad ficcional: Verne y Edison, el visionario y el inventor […]. Frente a ellos, Einstein, la gran figura estrictamente actual, el sabio que teoriza una física cuyas hipótesis jamás podrán cruzarse con la experiencia del taller, es criticado en Ciencia Popular con una virulencia rara al tono mesurado y ecuánime, docente y pequeño-burgués de la revista. (Sarlo, 1992, pp. 75–76)

En la década de 1950, mientras la figura del físico alemán se consolidaba (inmerecidamente) como el cerebro detrás de la tecnología de “lo atómico”, las refutaciones a Einstein siguen ocupando un lugar en el imaginario de inventores y aficionados8. Pero en la mayoría de los casos las referencias a la teoría de la relatividad y su relación con las infinitas posibilidades de “lo atómico” eran ahora apropiadas con entusiasmo por quienes enviaban sus cartas a Perón, ya sea con nuevas teorías, potenciales tratamientos para el cáncer o inventos de muy distinto tipo. Al menos en parte, esto se debía a que en la posguerra “lo atómico” había pasado ya, desde la perspectiva de los imaginarios populares, del ámbito de lo abstracto al de lo representable. Y esto se debió en buena medida a la nueva presencia que el tema conquistó en las más variadas formas del discurso público.

La representación de “lo atómico” en la prensa, la publicidad y la ficción

Las coberturas periodísticas sobre pruebas de armamentos y nuevos desarrollos vinculados a la energía atómica fueron regulares y comunes en periódicos de muy diversas líneas editoriales. Solo a modo de muestra, podrían compararse los tratamientos del tema en La Nación y en Democracia, para observar por su intermedio hasta qué punto el imaginario de “lo atómico” cruzaba divisiones de clase, tradiciones intelectuales y lealtades políticas.

La Nación reconoció en el problema del desarrollo y el control de la energía atómica uno de los grandes temas de la política internacional de la época, y prestó especial atención a las pruebas militares norteamericanas, soviéticas e, incluso, inglesas. Las noticias provenientes de los Estados Unidos, sin embargo, tuvieron un lugar destacado en la sección de internacionales del periódico, que reproducía cables de agencias extranjeras como Agence France-Presse o la norteamericana Associated Press y contaba con varias colaboraciones internacionales. Para 1952, Estados Unidos contaba en su arsenal 841 armas nucleares, pero las pruebas de más y mejores sistemas armamentísticos no se detuvieron en ningún momento del período estudiado (Hurtado, 2014, pp. 73–74)9. Al reproducir la perspectiva norteamericana casi sin ningún tipo de intervención editorial propia, estas crónicas fueron presentadas con un tono neutro, en el que la necesidad del desarrollo de los arsenales nucleares aparecía naturalizada, no problematizada (con asépticos títulos como “Una visita a las ciudades atomizadas”, por ejemplo, para notas que reconstruían las consecuencias sociales del uso de estas armas y la escala de su potencial destructivo10); las únicas instancias en que se daba lugar a voces críticas respecto a la incipiente carrera armamentística se produjeron, justamente, en la reproducción de las declaraciones de voces autorizadas desde los ámbitos de la ciencia y la academia11.

Así, en las páginas del diario se reproducía con fidelidad la lectura dual que la política exterior de los Estados Unidos buscó promover sobre su poderío atómico, por un lado, se daba cuenta de los nuevos desarrollos armamentísticos y se recordaban las consecuencias de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki, mientras que, por el otro, se destacaban los beneficios de la tecnología nuclear para fines pacíficos. Es decir, se buscaba presentar la tecnología atómica como posibilitadora de un sinnúmero de aplicaciones para una paz garantizada, a su vez, por la propia capacidad destructiva de la bomba.

Este discurso dual sobre lo atómico se encuentra presente ya desde 1946. El suplemento ilustrado del 30 de junio de ese año está dedicado a mostrar el trabajo de científicos y técnicos con “las substancias radioactivas que se producen en los hornos de uranio donde se ha fabricado la bomba atómica”, y se explaya sobre los numerosos usos pacíficos que estos “subproductos” posibilitan en los campos de la medicina y la industria. En la primera plana del periódico de ese mismo día, mientras tanto, se ofrece la cobertura de las pruebas atómicas norteamericanas en el atolón Bikini, a las que habían sido invitados numerosos periodistas que darían cuenta de las capacidades de las nuevas bombas (La Nación, suplemento, 30 de junio de 1946, pp. 1 y 3)12.

El esfuerzo por encontrar usos pacíficos que legitimaran a ojos de la opinión pública internacional la creciente inversión en tecnología nuclear (como la idea de usar la bomba atómica para “poner al descubierto” las riquezas minerales de la Antártida o las iniciativas para aprovechar la energía atómica en la industria13) puede ser leído como el resultado de los enfrentamientos diplomáticos con la Unión Soviética en torno a la proliferación atómica, que tuvieron como escenario privilegiado a las Naciones Unidas y que culminarían en 1955 con el lanzamiento del programa Átomos por la Paz, todo ello con una amplia cobertura en los medios internacionales14. Pero también responde, al menos en parte, al horizonte de posibilidades con el que los avances en “lo atómico” habilitaban a soñar en el mundo de la posguerra.

Ya en febrero de 1946 La Nación publicaba la traducción de un artículo de la agencia Agence France-Presse que comenzaba con las siguientes palabras: “Gracias a la liberación de la energía atómica, podemos hoy considerar dentro de lo posible los viajes interplanetarios, el gran sueño de la ciencia. Un solo gramo de uranio, ‘debidamente desintegrado’ en la tobera propulsiva de un vagón cohete, será suficiente para despachar viajeros a la Luna” (destacado en el original). Acompañaba esta proyección un conjunto de datos técnicos y citas de autoridad que buscaban otorgarle a la misma la legitimidad del discurso científico, y aquí se evidencia una vez más el prestigio que otorga la voz de Einstein, aunque en este caso se la recupere sólo para aclarar que aún no se conocían métodos para lograr una desintegración del uranio de esas características (La Nación, 3 de febrero de 1946, p. 2).

Partiendo de una línea editorial distinta, el periódico Democracia cubrió sin embargo los mismos temas. La consolidación de los arsenales nucleares tuvo un lugar destacado en su cobertura de las noticias internacionales, pero menos concentrado en las fuerzas armadas norteamericanas, a las que se denunciaba por tratar de mantener “la hegemonía mundial yanqui” a través de la amenaza de la bomba. Así, se describían los ensayos atómicos realizados por los EEUU en Las Vegas, pero también las pruebas armamentísticas soviéticas (con títulos como “Aventaja Rusia a EEUU en la producción atómica”) y las que los ingleses realizan en secreto en Australia15. Una similar mirada crítica ensayó Democracia respecto a la propaganda sobre los usos civiles de la energía atómica que los Estados Unidos buscaba promover, y cuya veracidad se discutió en notas tales como la titulada “Presupuesto Nuclear: Dos Millones de Personas Trabajan ya en la Industria Militar Yanqui”16. Por último, el periódico reprodujo también las discusiones de fines de la década de 1940 en la ONU sobre el control y la no proliferación nuclear, así como las presentaciones de Argentina en la reunión internacional sobre usos pacíficos de la energía atómica realizada en Ginebra en 195517.

Pero esta nueva presencia de “lo atómico” en el espacio público no se agotó en estos periódicos ni en la prensa en general. A lo largo de esta década el tema fue incorporado al discurso y la cultura popular como una metáfora del poder, la destrucción o el avance revolucionario, adaptada a registros tan variados como los de la publicidad, el deporte, la ficción literaria o el cine. Ya en agosto de 1947 una editorial promocionaba una lista de libros en oferta bajo el título

Recuadro de la serie de divulgación “Electricidad y Progreso”. Diario Democracia, 25 de octubre de 1949, página 6.

“LA BOMBA ATÓMICA, contra los altos precios…”, el caballo que en marzo de 1948 ganó el Premio Municipal en el Hipódromo de Buenos Aires había sido bautizado Uranio, y en 1949 una campaña de divulgación titulada “Electricidad y Progreso” incluía la energía atómica (junto a los rayos X, –ver capítulo de Soledad Quereilhac en este volumen-) en “el nacimiento de cosas colosales” durante el último siglo; también llevó como título “LA BOMBA ATÓMICA” la publicidad de un curso de electrónica por correspondencia con sede en Estados Unidos18. La revista de divulgación científica y ciencia-ficción Más Allá (ver capítulo de Ana Grondona en este volumen), por su parte, se promocionaba como “la revista de la era atómica”, y la película Las aventuras de Superman se presentaba en la Argentina como “[u]na serie colosal […] de proporciones superatómicas!”19.

Publicidad de curso de electrónica. Diario La Nación, 7 de marzo de 1948, página 14.

En la época dorada de la historieta argentina como forma de ficción eminentemente popular (con tiradas de cientos de miles de ejemplares que se vendían en quioscos a muy bajos precios), Héctor Germán Oesterheld lograría su primer gran éxito comercial con Bull Rockett, una serie cuyo protagonista homónimo era justamente un físico atómico que, más allá de los tiroteos y peleas a mano a limpia, en cada nuevo número derrotaba a sus enemigos a través de sus conocimientos científicos superiores20. El poder de la energía atómica es, sin duda, el tema más repetido a lo largo de la serie, ya sea en la forma de una bomba que amenaza destruir ciudades como Buenos Aires o Manhattan, o como posibilitadora de las más variadas tecnologías, desde tanques invulnerables hasta reactores capaces de congelar al mundo con su “frío atómico”, aviones y submarinos atómicos21.

Página 1 de “Muerte en el cielo”, de la saga de Bull Rockett. Revista Super Misterix, n° 428, enero de 1957.

En términos de formas más tradicionales de divulgación científica, la cadena oficial de medios del gobierno peronista lanzaría en 1950 su propia publicación especializada, bautizada, significativamente, Mundo Atómico22.

Tapa de la revista de divulgación científica Mundo Atómico, n° 2, 1950.

Pero este interés por “lo atómico” no constituía en ningún sentido una particularidad del caso argentino, y las cartas enviadas a Perón desde el extranjero también daban cuenta de esto. Así como Mecánica Popular, la edición en castellano de la revista norteamericana Popular Mechanics, contaba con una sección de noticias breves titulada “Noticias de Detroit”, referida a la industria automotriz de Estados Unidos, se agregaría en estos años una sección similar titulada “La energía atómica al día”, en la que se seguían todos los avances y promesas de la nueva tecnología a nivel mundial. Vale la pena recalcar que esta era la misma revista en la que Sarlo observaba, para las décadas de 1920 y 1930, aquel rechazo a teorías e “hipótesis que jamás podrán cruzarse con la experiencia del taller”.

En mayo de 1954 Mecánica Popular aseguraba tener una tirada de 1.200.000 ejemplares en inglés, 135.000 en francés, 65.000 en danés y sueco, y 162.000 en español, cubriendo de esta manera un amplio universo de suscriptores en América y Europa (Mecánica Popular, mayo de 1954, p. 165). Pero más allá de la amplia circulación de esta revista en los diferentes idiomas, su matriz discursiva continuaba estando determinada por su origen norteamericano y la misma no puede ser leída sin tomar en cuenta este dato: la forma en que la irrupción de “lo atómico” fue procesada en el imaginario de cada sociedad no fue en modo alguno universal, sino que respondería a las tradiciones, mitos y características propias de cada cultura. Un buen ejemplo de esto es el número de abril de 1949 de la versión en español de la revista, en el que, bajo el título “‘49: bonanza de uranio” se buscaba igualar, tanto en la crónica como en las imágenes que la ilustran, a los modernos buscadores de “minerales que contengan energía atómica” con los buscadores de oro que un siglo antes habían impulsado la colonización del Oeste norteamericano (Mecánica Popular, abril de 1949, p. 9).

Nota aparecida en la revista de divulgación Mecánica Popular, abril de 1949, página 9.

Por obvias razones históricas y culturales, el go west de la fiebre del oro no ofrecía para la Argentina de la época una referencia tan eficaz como en el caso norteamericano. Las formas mediante las cuales la sociedad argentina incorporó “lo atómico” a su imaginario fueron específicas a las circunstancias particulares del país de las décadas de 1940 y 1950, y estaban fuertemente influenciadas por las formas que adquirieron localmente los primeros desarrollos nucleares. Y a diferencia de la imagen del pequeño empresario-pionero-self-made man que buscaba fortuna en la frontera (ya sea utilizando un pico o un contador Geiger), en Argentina la centralidad del Estado en todo el proceso sería indiscutida.

Imaginación técnica popular, Estado y peronismo

He mencionado en las secciones previas algunas políticas específicas del gobierno de Perón que tuvieron un impacto comprobable en la imaginación técnica popular sobre “lo atómico”, como pueden ser el desarrollo del Proyecto Huemul y la propaganda que rodeó al mismo; el lanzamiento de medios de divulgación científica como Mundo Atómico o la creación de la CNEA, que recibió una amplia y extendida cobertura en todos los medios de alcance nacional, así fuesen los mismos afines o críticos del gobierno peronista23. Sin embargo, estas políticas oficiales no deben ser entendidas como causa del surgimiento de una particular representación de “lo atómico” en el imaginario de las clases populares. La ciencia y la técnica como objetos de la cultura popular tienen una historia que excede la coyuntura específica del primer peronismo, y que sostiene significativos grados de autonomía relativa frente al mismo, como también frente a la “alta cultura” de los medios intelectuales y académicos de aquella y otras épocas.

En la misma correspondencia dirigida a Perón con motivo del Segundo Plan Quinquenal puede constatarse que muchas de estas iniciativas tienen una historia de años, que no es la primera vez que estas personas escriben al Estado pidiendo ayuda, consejos o financiamiento. De hecho, la campaña de recolección de iniciativas populares fue lanzada por el gobierno a fines de 1951, pero las cartas no esperaron hasta esta convocatoria oficial, y ya llegaban a las oficinas públicas desde los primeros meses del gobierno peronista. Por otro lado, como ya se mencionó, tampoco sería un fenómeno que apelara específicamente a los argentinos.

Fechada justamente un 17 de octubre de 1952, llegaba a la STP una carta procedente del pueblo de Colón, Estado de Táchira, Venezuela, y dirigida al “Excelenticimo Señor General Juan de Dios Peron Precidente Constitucional de la República de la Argentina”:

Su Excelencia:
Esta va con el fin único de pedirle Ud., y a la vez de exponerle lo sigiuente: por falta de ayuda no he podido perfeccionar un invento el cual lleva por nombre “PISTOLA ELECTRONICA” el cual por la gracia, que pedido hice al alma (q.e.p.d.) de la señora Evita la cual vi yo concedida el dia 26 de Septiembre próximo pasado, dia tan dichoso para mi que vi colmada s mis aspiraciones, descubriendo el secreto de como puede ser desintegrado cualquie cuerpo.
Este es el motivo tambien que me a movido dirijirme a Ud, temiendo no me suceda lo que me sucedio. Habiendo hido yo a Caracasno fui atendido, y no queriendo me suceda lo mismo al escribirle a UD, me hago esta con un poco de temor al pensar que no me tomen tambienpor loco o por persona falta decentido comun de lo que dice.
No mi general estoy muy cuerdo y se lo que esto significa lo único que me hace falta es estudiar un poco más la energía atómica, y podre darle al mundo lo que ningunotro mortal puede hacerlo; mi secreto de estudio feu lo que qiucieron saber en el ministerio y yono se los qiuse decir.
Pero si mi pais me desconoce, al único pais que lo máshondo de mi sér deceo darcelo es asu querida y estimada Patria mi general. (AGN, STP, Caja 458, Iniciativa 1794).

Acompañaba la propuesta un “sentido” pésame (“que hasta este rincon de mi querida patria hemos sentido tan dolorosa ausencia de apreciada señora”) por el fallecimiento de la esposa del Presidente ocurrido en julio de ese mismo año. El autor de la carta asegura que, desde entonces, se encuentra guardando un “luto riguroso” motivado tanto por el afecto que sentía por ella, como también por la “intervención” de Eva que habría hecho posible la ya mencionada invención de la “pistola electrónica”:

Yó, supe la muerte de la señora Evita por intermedio de un amigo mio que me yevo la noticia en donde trabajo en un pequeño laboratoiro que tengo instalado en un campo lejosdel pueblo alinstante sentí un desfanecimiento que si no hubiera sido por mi amigo hubierame caido al suelo […] pues aunque lo crean de un modo distinto, le pedi a su alma de la señora Evita (q.e.p.d.) que me ayudara aresolver, lo que con tantahancia he venido trabajando desde hace unos diez años, que me lo concedió. (AGN, STP, Caja 458, Iniciativa 1794).

Me he tomado la libertad de citar en extenso esta iniciativa particular porque considero que ilustra de manera clara la heterogeneidad constitutiva (el carácter “desprolijo”, diría Sarlo) de un imaginario popular que excedía largamente la experiencia nacional argentina, pero que a la vez fue interpelado por el discurso y las políticas del primer peronismo, que en ese proceso supo imprimirle formas y motivos específicos. La construcción de un lazo simbólico entre este inventor venezolano y la Argentina de Perón es apenas uno entre múltiples ejemplos en este sentido. La intervención de Eva desde el más allá, por su parte, remite a la supervivencia de concepciones seculares que concebían a la ciencia, la técnica, la religiosidad y la espiritualidad (comprendidas todas ellas en un sentido muy amplio), antes que como fuerzas en pugna, como partes de un mismo continuum interpelado por la inspiración y la superación de los límites preestablecidos. Del mismo modo, ya se ha señalado que la inventiva popular apuntada al descubrimiento o el diseño genial, y practicada en talleres hogareños y laboratorios improvisados, puede rastrearse en la Argentina al menos hasta la década de 1920.

¿Cuál es, entonces, la especificidad de este caso? ¿Qué distingue a la experiencia peronista de otras coyunturas en lo que hace a su relación con la imaginación técnica popular? En primer lugar, es posible observar la ampliación del universo de participantes en este diálogo, que pasa ahora a incluir a peones rurales, trabajadores industriales, estudiantes, jubilados e inmigrantes que buscan trabajo, donde antes predominaban las prácticas de los aficionados típicos de clase media. En segundo lugar, y es en esto en lo que quisiera detenerme, lo que resulta novedoso es el reconocimiento del Estado a la importancia de esta inventiva popular, reconocimiento que es, a su vez, espejado en la aceptación de parte de inventores y aficionados de la necesaria centralidad del Estado (de los Estados) en los nuevos desarrollos científicos y tecnológicos de la posguerra. Aquí se destaca una de las principales y más significativas diferencias respecto a los inventores caracterizados por Sarlo o de representados en los medios norteamericanos: el inventor popular y el pensador autodidacta ya no son (al menos idealmente) los solitarios personajes arltianos, individuos aislados en el marco de la gran ciudad anónima, sino ciudadanos integrados a un proyecto nacional mediante la intermediación del Estado. Si antes el invento genial podía significar el éxito en el mercado y un boleto al ascenso social, ahora una gran proporción de iniciativas hacía explícita la cesión de toda patente y futuras regalías al Estado, al Segundo Plan Quinquenal o a Perón.

He recuperado, al comenzar este trabajo, el tratamiento burocrático de la correspondencia recibida por la STP porque el mismo impide la desestimación de esta convocatoria como simple demagogia o populismo vacío de contenido “efectivo” por varios motivos. Por un lado, porque la voluntad política que movilizó los recursos estatales necesarios para evaluar estas miles de iniciativas da cuenta de la expectativa real, por parte de los funcionarios de la Secretaría, de encontrar inventos y proyectos capaces de impulsar la industrialización y modernización técnica del país; por el otro, porque aún en la instancia del rechazo de sus proyectos, aquellas personas que se comunicaron con el Estado fueron reconocidos por el mismo en calidad de interlocutores válidos en la discusión de los problemas científico-tecnológicos de la Nueva Argentina. Más allá de los recursos implicados solo en el tratamiento burocrático de las iniciativas recibidas y del tiempo dedicado por los técnicos para atender a los inventores y aficionados en las oficinas de la Secretaría, en algunos casos se llegó al punto de enviar especialistas al interior a buscar a los iniciantes de un determinado proyecto a los que no se podía ubicar por otros medios. Esto, unido a las propias recomendaciones de quienes transcribían las cartas y las remitían a evaluaciones externas, demuestra un interés sincero por muchas de estas iniciativas.

Este archivo epistolar ya fue trabajado con anterioridad por Rosa Aboy (Aboy, 2004, pp. 289–306), Eduardo Elena (Elena, 2011) y Omar Acha (Acha, 2013), aunque en cada caso haciéndose un recorte particular sobre el universo total de cartas. Así, mientras que Aboy se concentró en el “derecho a la vivienda”, y Elena, en las formas específicas que adoptó el consumo de masas en la época, Acha utilizó esta correspondencia para rastrear en ella la construcción de un lazo sentimental entre Perón y un Pueblo Peronista que se constituía como tal en la propia práctica performativa de la escritura. En los tres casos se ha destacado, para esta forma de comunicación de las clases populares, la importancia fundamental que tuvo el reconocimiento estatal como instancia de legitimación de identidades sociales que no se encontraban ya constituidas de antemano, sino en pleno proceso de construcción. A partir de mi propio recorte sobre el universo total de cartas enviadas a Perón, pude observar una dinámica similar respecto a una figura del trabajador-inventor que se constituía en el propio diálogo con el Estado, el discurso y la simbología peronista. Dinámica aún más marcada en el caso específico de las iniciativas apuntadas a “lo atómico”.

Si, en términos generales, muy pocas iniciativas populares recibieron una evaluación positiva de parte de los técnicos consultados por la Secretaría, aquellas específicamente apuntadas a “lo atómico” carecieron por completo de la aprobación de los especialistas. Por cierto, difícilmente estos inventores aficionados y pensadores autodidactas podrían haber ofrecido aportes técnicamente válidos a un campo que representaba el punto más avanzado de la frontera científico-tecnológica de la época. Sin embargo, esta dificultad no se explica exclusivamente por la complejidad de la teoría sobre la que se asentaban los desarrollos en la física del átomo (bastaría con señalar que dicha teoría no era, estrictamente hablando, novedosa, sino que circulaba ya desde la década de 1920 en diversos medios nacionales e internacionales de divulgación científica). El principal obstáculo a la hora de integrar “lo atómico” al imaginario y las prácticas del inventor-artesano-bricoleur, en los términos definidos por Sarlo, es el indefectible alejamiento que este nuevo campo científico-tecnológico supone respecto a las limitadas posibilidades del taller o el laboratorio hogareño, improvisados en altillos o cuartos-del-fondo, espacios privilegiados de un ocio productivo muy cercano a lo que Bruno Jacomy reconoce como un secular “instinto lúdico del mecánico” (Jacomy, 1992).

Esta insuficiencia de medios no es accidental, sino que hace a la “moral” de este tipo específico de inventor popular, que obtiene parte del goce estético de su actividad precisamente “del reciclaje y el aprovechamiento de los desechos, las partes descartadas, lo roto y lo recompuesto, lo cambiado de función, el arreglo imposible que desafía la inteligencia práctica y la habilidad manual” (Sarlo, 1992, p. 119). Sin embargo, tan lejos de las posibilidades del taller o del laboratorio doméstico o, incluso, de la experiencia propia del ámbito laboral, la fascinación generada por la energía atómica no puede ser canalizada a través de esta misma lógica. Así, se reproducía al nivel de la cultura popular una transformación en las formas de concebir el quehacer científico que estaba teniendo lugar, en simultáneo, en las más altas esferas del mundo académico, y que se relacionaba directamente con la nueva centralidad conquistada por los estados en el financiamiento, planificación y control de la investigación científica y el desarrollo tecnológico a nivel mundial24.

De esta manera, entre los cientos de personas que escribieron a la Secretaría hubo numerosos inventores, pero también un número significativo de estudiantes y aprendices que querían sumarse al plantel y las investigaciones que ya se encontraban en curso en la CNEA, del mismo modo que muchos otros buscaban colaborar con las expediciones del Instituto Antártico, o sumarse a “algún laboratorio” donde “aplicar nuestros conocimientos, ‘aprender’ de la aplicación práctica y facilitar el progreso del mismo y el nuestro con el fruto de nuestro trabajo” (AGN, STP, Caja 516, Iniciativa 1929; Caja 464, Iniciativa 1469, y Caja 472, Iniciativa 4595 e Iniciativa 55333/52). La necesaria dirección del Estado de las actividades científico-tecnológicas del país fue reconocida en esta correspondencia aún en lo que hace a algunos de sus impactos más polémicos, como la imposición del secreto sobre las investigaciones en áreas juzgadas estratégicas. Y la energía atómica estaba, por supuesto, entre ellas.

El complot y la intriga internacional como componente necesario de “lo atómico”

Desde Rosario escribía un “apasionado por las teorías electrónicas y atómicas”, empleado de Vicedirección y celador de la Escuela Nacional Superior de Comercio anexa a la Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas de la Universidad Nacional del Litoral: “Sacrifiqué el título universitario por vocación a la nueva física nuclear, siguiendo el precepto San Martiniano: ‘Serás lo que debes ser, o si no no serás nada’”. Acompañaba su iniciativa con dos recortes del diario La Acción, donde había publicado los artículos titulados “Los neutrones y la energía atómica” y “La energía atómica y la medicina”. Su propuesta consistía básicamente en la creación de “La Universidad de la Era Atómica”, que hubiere debido tener presencia en los principales puntos del país, laboratorios adecuados, docentes al tanto de los últimos desarrollos de la física internacional y estar al alcance de los estudiantes más humildes. Consultado el rector de la Universidad del Litoral sobre la pertinencia de dicho proyecto, el mismo elevó una evaluación negativa en la que el principal argumento era la necesidad del secreto en el tema atómico, que sería imposible de conseguir en una institución como la proyectada por el iniciante (AGN, STP, Caja 91, Iniciativa 17504). Apuntaba en el mismo sentido otro aficionado que festejaba los avances logrados en energía atómica por el gobierno peronista, y ofrecía algunas recomendaciones que no estaban apuntadas a la teoría o las aplicaciones tecnológicas de la física nuclear, sino a las formas más efectivas de lograr el secreto y la vigilancia necesarios a un área tan delicada (AGN, STP, Caja 91, Iniciativa 16804).

Estos casos muestran que en la imaginación técnica popular se estaba consolidando una concepción de las investigaciones en física nuclear (con todas las implicancias culturales que la misma suponía como símbolo de modernidad y potencia industrial) reservada de forma exclusiva a la acción y la planificación estatal (cuando no militar). La tolerancia al “necesario” secreto de tales investigaciones puede explicarse en parte por la confianza de algunos corresponsales en el liderazgo de Perón, pero la misma se nutrió sin duda de una cantidad de imágenes y discursos públicos que excedían al peronismo y que, aún a nivel internacional, ubicaban a “lo atómico” como un elemento central de las disputas geopolíticas y de las posibilidades de desarrollo nacional en el largo plazo. Es interesante observar, además, que esta aceptación del secreto como parte central de un nuevo status quo para las investigaciones en ciencia y tecnología no fue tan sencilla dentro de la propia comunidad de físicos argentinos. Así, Enrique Gaviola, su principal referente entre las décadas de 1930 y 1950, escribía que a causa de “la censura impuesta en 1940, una era científica –la de la ciencia libre internacional– ha terminado, y otra –la de la ciencia nacional al servicio de la guerra– ha comenzado” (Gaviola, 1946, p. 220).

Estas líneas sirvieron de introducción a un trabajo más amplio, presentado en la séptima reunión de la Asociación Física Argentina (AFA), en el que Gaviola se propuso recrear los procesos llevados adelante en Estados Unidos para producir la bomba atómica y en el que, incluso, llegó a ensayar el diseño de un artefacto similar. Los fines de dicho ensayo, que en su momento generó una previsible polémica, eran del orden del ejercicio académico, pero apuntaban, además, a actuar como una crítica a la imposición del secreto científico y demostrar la inviabilidad del monopolio norteamericano de una tecnología basada en desarrollos científicos ya muy extendidos a nivel internacional. Una vez anunciada la invención, la capacidad técnica para su reproducción dejaba de ser monopolio de sus impulsores, como estudia Soledad Quereilhac en este mismo libro para el caso de las primeras máquinas de rayos X del país.

En la década de 1920, el desarrollo de la teoría de la relatividad de Einstein, con todas sus aplicaciones posteriores (tanto reales como imaginadas), había habilitado un nuevo giro de aquella construcción cultural del complot, que tomaría la forma de una denuncia al carácter elitista de una teoría “incomprensible” y contraria al “derecho de la gente común a comprender de qué hablan los científicos”, quienes comenzaban a figurarse como un nuevo sujeto de la conspiración. El mito de “los doce hombres” operaba en este sentido: a partir de una lectura incorrecta de un texto de divulgación de la teoría de Einstein, en el que se habría sugerido que apenas una docena de científicos estaban lo suficientemente capacitados para comprender dicha teoría en su totalidad, se concibió que este reducido grupo de hombres detentaba “un tipo de poder oculto que les permitía manipular aspectos de la realidad que estaban más allá del control humano” (De Asúa & Hurtado, 2006, p. 81).

Para el período que aquí nos ocupa, en cambio, el complot y la intriga internacional, si bien aún estaban muy presentes en la correspondencia enviada a Perón, cumplían una función completamente distinta. En el contexto de la inmediata posguerra, la imagen de la ciencia volcada en estas cartas parece en ciertos casos extraída de las historias de espías promocionadas por el cine y la literatura de la época. Y el hecho de que el mundo de la ficción pareciera ser confirmado por noticias de carácter público, no hizo sino convertir a estas “intrigas internacionales” en un elemento indisociable del descubrimiento o de la invención revolucionaria. Los relatos de figuras de amplia exposición, como aquellos de Kurt Tank y Ronald Richter (ambos traídos a la Argentina con pasaportes y nombres falsificados para eludir los controles aliados), reforzaron la idea de que el moderno hombre de ciencia debía necesariamente encontrarse envuelto en estas tramas de espionaje internacional y operaciones clandestinas. Como consecuencia de la reproducción de este estereotipo, la intriga internacional se convirtió en una de las principales cartas de presentación de los inventores que buscaban el favor oficial.

Por cierto, los medios de comunicación de la época no escatimaron noticias en este sentido, particularmente en los primeros años de la posguerra. Así, contó con una amplia cobertura periodística la expulsión del país de espías alemanes y japoneses25. Desde Europa se reproducían confusos cables que hablaban de secretos complots para el resurgir del nazismo, como el encabezado por el siguiente título y bajada: “Fue descubierta una conspiración de ex jefes nazis. Preparaban armas secretas y querían restaurar el poderío de Alemania” (La Nación, 24 de febrero de 1947, p. 1). Y desde los Estados Unidos, por su parte, llegaban noticias sobre los repetidos robos de secretos atómicos norteamericanos por parte de espías soviéticos; la magnitud de dicho espionaje a través de los años habría sido tal –según las agencias internacionales de noticias de las que El Mundo, La Nación y Democracia obtenían sus informes–, que una nota de opinión no dudaba en ofrecer sus conclusiones a modo de título: “La Unión Soviética debe la bomba atómica a la eficacia de sus espías más que a su equipo de técnicos especializados”26 (La Nación, 3 de octubre de 1949, p. 1).

Así, no es de extrañar que mientras los diarios hablaban de las “reuniones secretas” de los físicos nucleares de Estados Unidos, de la “filtración de secretos de la energía atómica” de aquel país27 y del traslado de los laboratorios de Richter de Córdoba a una isla patagónica que sería más fácil defender de “espías y saboteadores”, los inventores que se comunicaban con la Secretaría denunciaran persecuciones y oscuros complots para sabotear sus propios proyectos. Un hombre que se dice poseedor de “teorías, ideas y conocimientos en el campo de la energía atómica” explica que “desde que presente mis proyectos ante el Sr. Gobernador Militar e podido observar que estoy vigilado como si fuera un vulgar delincuente, cosa que a llegado a herirme en mis sentimientos de argentino y de cristiano y por eso ahora soy desconfiado” (AGN, STP, Caja 449, Iniciativa 2563). Al inventor de una “reacción que por sus características presenta gran analogía con la llamada Bomba Atómica”, la falta de respuesta a una carta previa le generaba sospechas: “No se me oculta Señor Presidente, que personas inescrupulosas, identificándose con la moral de los circuladores de rumores, se hayan valido de alguna infamia con fines inconfesables. No se me oculta tampoco que la Policía haya hecho indagaciones para averiguar mi filiación política” (AGN, STP, Caja 459, Iniciativa 4616).

La lista de complots y oscuras intrigas internacionales entre agentes soviéticos, norteamericanos y antiguos científicos alemanes no se agota en el tema de “lo atómico” 28. Pero en todos los casos este elemento cumple una función similar, ya no de denuncia sino de legitimación del inventor y su idea: en el nuevo mundo de la Guerra Fría, el ser víctima de la persecución de intereses clandestinos y agentes extranjeros no podía dejar de ser, a los ojos de la cultura popular, una evidencia del verdadero valor de la invención o del descubrimiento. Precisamente, fue en este sentido que lo utilizaba, sin ir más lejos, el propio Richter, probablemente también él convencido de la validez de tal estereotipo. De hecho, todo lo que rodea al Proyecto Huemul parece informado por algunos de los motivos más recurrentes de la ciencia ficción popular (espionaje extranjero, genios solitarios, instalaciones secretas, parajes exóticos, tecnologías revolucionarias), aún aquellos elementos que no fueron hechos públicos en su momento, como pueden ser algunas de las aplicaciones futuras que Richter imaginaba para sus supuestas investigaciones sobre las “centellas”:

Almacenando tremendas cantidades de energía eléctrica, la producción controlada de centellas se convertirá en el combustible ideal para propulsión de cohetes, repropulsores y vehículos espaciales. Podría, inclusive, ser usado como un sistema de almacenamiento de energía orbital o aun como una mina orbital contra ataques desde el espacio. (Richter a Scientific American, citada en Mariscotti, 2004, pp. 146–147; el énfasis es mío)29

En tanto estas reflexiones nunca fueron publicadas, no se presentan aquí como elementos que habrían ejercido influencia sobre la imaginación técnica popular; las mismas, en cambio, reflejan las imágenes popularizadas de la ciencia que atravesaban aún la imaginación y el discurso del director del Proyecto Huemul. Estas líneas pertenecen a una carta enviada a un medio norteamericano a más de una década de cancelado el proyecto, pero existen numerosos ejemplos más que son contemporáneos al mismo y que dan cuenta del imaginario sobre la ciencia que dominaba las iniciativas de Richter. El 27 de febrero de 1951 Richter entregó al encargado militar del proyecto un informe titulado Organisationsplan Projekt Huemul, escrito en alemán y clasificado como “Top Secret”, en el que, entre otras disposiciones, describe las medidas de seguridad que cree necesarias para resguardar los “laboratorios ultrasecretos”, entre las que se cuentan la conformación de una guardia especial a las órdenes de Richter y autorizada para abrir fuego contra cualquier persona o vehículo que se acercara a la isla sin su autorización. Mariscotti resume y traduce otras de la siguiente manera:

En el punto más alto de la isla debía erigirse una torre de observación con un faro giratorio y una ametralladora de largo alcance. Dos hombres de la guardia especial estarían observando día y noche toda el área. Durante la noche, desde la torre y “en forma intermitente” debería poder observarse la superficie del lago. De ninguna manera la iluminación debía ser continua o a intervalos regulares, se aclara, pues “agentes extraños podrían habituarse a esto”. […] En otro párrafo se habla de una lancha de “invasión” que debe estar permanentemente dispuesta para trasladar tropas en caso de que agentes secretos llegaran a la isla de noche y que la misión principal de la guarnición Bariloche “es cortar el camino de escape a los agentes invasores, mientras las lanchas de defensa apoyarán esta acción desde el lago”. (Organisationsplan Projekt Huemul, traducido y citado en Mariscotti, 2004, pp. 128–129)

Ya existía, en ese momento, una guarnición militar con asiento en Bariloche a cargo de la seguridad de los laboratorios de la isla. Si los planes de Richter para la misma parecen imitar la guarida de un villano de las pulp magazines norteamericanas era, tal vez, porque aquella era la imagen disponible a nivel popular sobre lo que un laboratorio secreto debía ser. Fuese que el propio Richter compartiera dicha imagen a nivel personal o que considerara que tal era la imagen que debía transmitir para jerarquizar su misión en un país de “monos subidos a las palmeras” –como calificó a la Argentina en alguna oportunidad– es menos importante. Resulta aquí más relevante observar la circulación de dicha imagen, el rol de la imaginación técnica y la ficción popular sobre las formas que adoptó una iniciativa de la magnitud de la del Proyecto Huemul. Si tal iniciativa fue, de hecho, un gran fraude científico, el mismo fue posible porque Richter, frente a funcionarios y militares no formados en temas científicos, fue capaz de imitar las formas externas de un moderno proyecto científico recurriendo tanto a un vocabulario adquirido en sus estudios académicos como a la reproducción de un número de imágenes, ya existentes a nivel social, sobre lo que un proyecto de dichas características “debía ser”.

Reflexiones finales

En las páginas previas se ha buscado reconstruir las transformaciones de un particular objeto de la imaginación técnica popular en la Argentina de las décadas de 1940 y 1950, signado tanto por el contexto internacional de la inmediata posguerra y el comienzo de la Guerra Fría como por las políticas específicas de un gobierno que buscó activamente una ruptura con las formas de practicar y concebir localmente la ciencia de su época. La representación popular de “lo atómico” resulta particularmente ilustrativa de este cambio: el paso de una caracterización de esta disciplina como “pura abstracción” de científicos y matemáticos a su materialización en tecnologías bélicas y civiles mediada por el discurso público no sólo permitió sumar este objeto al repertorio de los intereses de la imaginación técnica popular, sino que también transformó los propios medios de expresión de la misma. La nueva centralidad conquistada por el Estado se hace evidente en las investigaciones y desarrollos de “lo atómico”, pero no se agota en ellos; la legitimación del propio invento o descubrimiento mediante el recurso a la denuncia del complot o la intriga internacional abarca diversos tipos de iniciativas, pero adquiere especial protagonismo en el caso de “lo atómico” por el propio rol que este objeto jugó en la geopolítica de la década que corre entre 1946 y 1955.

Tampoco fue extraña a las estrategias de legitimación de los propios inventores populares la referencia a grandes figuras del mundo científico, fuesen éstas locales o extranjeras, fuente de inspiración u objeto de refutación. En este sentido, he recuperado principalmente a dos científicos, Einstein y Richter, que en muchos aspectos no hubieran podido estar más lejos uno del otro: el primero gozaba de fama y reconocimiento global, y era vinculado por la cultura popular a la tecnología de “lo atómico”, aún en contra de sus mejores esfuerzos; el segundo fue muy rápidamente reconocido en Argentina como un fraude, pero durante décadas continuaría esforzándose por ser reconocido como un “genio atómico” incomprendido en su época. Lo que unió a ambos fue el impacto (voluntario o involuntario) que tuvieron en la conformación de una modulación particular de la imaginación técnica popular en la Argentina del primer peronismo.

Sin embargo, esa imaginación técnica popular no puede restringirse estrictamente a una periodización de tipo político: se han recuperado también las continuidades observables en la misma en una historia de más largo plazo. Esa historia puede leerse tanto en las cartas enviadas a Perón como en una agenda propia de la imaginación técnica popular, que dialogaba con el periodismo de divulgación, con la propaganda política, la publicidad y la ficción, sin por eso perder un significativo margen de autonomía. El recorte elegido, más bien, interpela un período de la historia argentina y global en el que las representaciones populares de “lo científico” no fueron mero entretenimiento o residuo de la actividad académica y especializada, sino componentes necesarios para la creación de nuevos consensos sobre la importancia de la inversión en ciencia y tecnología en el particular contexto de la Guerra Fría.

En el marco más general de estos imaginarios científicos, sin embargo, “lo atómico” adquirió algunas características específicas que las páginas previas han buscado develar. La propia naturaleza de este objeto de la imaginación técnica popular, a la vez masivamente atractivo a una escala global, e irremediablemente alejado de la experiencia y las posibilidades del taller hogareño o el ensayo improvisado, hizo de las iniciativas “atómicas” enviadas a Perón (muchas de ellas remitidas desde el extranjero) proyectos particularmente ambiciosos y desconectados de cualquier tipo de cálculo de factibilidad técnica. En este sentido, representaban una minoría entre el conjunto de iniciativas que, mayoritariamente, buscaban ofrecer soluciones prácticas y probadas a problemas de la vida cotidiana o el ámbito laboral de las clases populares de la Argentina de las décadas de 1940 y 1950, a la vez que muestran las posibilidades de la cultura popular para soñar y experimentar la ciencia más allá de esos límites socioeconómicos.

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Revel, Jacques (2005), “La cultura popular: usos y abusos de una herramienta historiográfica”, en Jacques Revel, Un momento historiográfico. Trece ensayos de historia social, Buenos Aires: Editorial Manantial, pp. 101–116.

Rey, Carlos (2007), Nahuelito. El misterio sumergido, Bariloche: Ediciones Caleuche.

Sarlo, Beatriz (1988), Una modernidad periférica; Buenos Aires 1920 y 1930, Buenos Aires: Nueva Visión.

Sarlo, Beatriz (1992), La imaginación técnica. Sueños modernos de la cultura argentina, Buenos Aires: Nueva Visión.

Secretaría Técnica de la Presidencia (1946–1955), [Colección de correspondencia], Archivo General de la Nación, Buenos Aires.

Instrucciones de citado en la versión PDF.

  1. Ver, como ejemplo más destacado, Hurtado (2014)
  2. Para para mayor simplicidad de la exposición, y respetando el uso nativo que de estas nociones se constata en las fuentes, se incluirá dentro de la misma también lo que estrictamente hablando, por operar a otra escala de análisis, debería ser considerado física nuclear. Se puede observar una operación similar en la investigación de Soledad Quereilhac en referencia a la noción de “lo científico” (Quereilhac, 2016)
  3. Para el período aquí analizado, Ezequiel Adamovsky ha utilizado una perspectiva similar para referirse a la “Argentina culta” de las clases medias y altas. Ver Adamovsky (2009, pp. 265 y 282).
  4. Tratando de respetar los usos y estilos de las comunicaciones que se analizarán a lo largo de este texto, mantendré en lo posible las formas gramaticales y aún los errores ortográficos de la redacción original de cada carta, obviando en adelante el indicativo “sic”.
  5. Para un análisis en detalle de estas consideraciones y de la recepción social (que el propio Einstein calificó de “psicopatológica”) de sus teorías, ver De Asúa y Hurtado (2006).
  6. En términos estrictos, el principal aporte de Einstein al campo fue su explicación del efecto fotoeléctrico en 1905. Figuras como Niels Bohr, quien desarrolló un modelo cuántico del átomo, son menos conocidas por el público masivo aunque de hecho tuvieron un impacto más profundo en el desarrollo de este campo particular. Hay aquí una diferencia fundamental en relación al impacto de las teorías de Einstein analizado por Marina Rieznik en este mismo volumen.
  7. Ver, en este sentido, los trabajos referentes al impacto en la sociedad y la comunidad científica a nivel global reunidos en Pearce Williams (1996).
  8. Ver, a modo de ejemplo, AGN, STP, Caja 579, Iniciativa 2227 y Caja 586, Iniciativa 6086.
  9. Como ejemplos de coberturas de estas pruebas, ver La Nación, 16 de febrero de 1946, p. 3; 20 de julio de 1949, p. 1, y 27 de octubre de 1950, p. 2.
  10. La Nación, 21 de febrero de 1946, p. 2.
  11. Ver, a modo de ejemplo: La Nación, 13 de marzo de 1948, p. 4.
  12. Desde Hollywood, un corresponsal agrega unas últimas líneas a la crónica: “La actriz Rita Hayworth, cuyo retrato ha sido pintado en la bomba atómica que será arrojada sobre Bikini, manifestó: ‘Me siento tan honrada que todavía no me he recobrado de la sorpresa’”.
  13. Respectivamente: La Nación, 18 de febrero de 1947, p. 4, y 8 de septiembre de 1954, p. 1.
  14. Ejemplos de estas coberturas son: La Nación, 15 de junio de 1946, p. 2; 21 de junio de 1946, p. 1, y 7 de agosto de 1955, p. 1. Para una reconstrucción de los estudios sobre el programa Átomos por la Paz desde la perspectiva del discurso hegemónico y la política exterior norteamericana, ver Hurtado (2014, pp. 71–77).
  15. Ver, respectivamente: Democracia, 1 de febrero de 1949, p. 2; 1 de junio de 1953, p. 1; 21 de octubre de 1949, p. 1, y 22 de septiembre de 1952, p. 1.
  16. Democracia, 8 de octubre de 1952, p. 1.
  17. Ver, respectivamente: Democracia, 12 de octubre de 1949, p. 1, y 11 de agosto de 1955, p. 2.
  18. Ver, respectivamente: La Nación, 5 de agosto de 1947, p. 11, y 2 de marzo de 1948, p. 8; Democracia, 25 de octubre de 1949, p. 6, y La Nación, 7 de marzo de 1948, p. 14.
  19. Ver La Nación, 30 de junio de 1953, p. 5 y Democracia, 10 de julio de 1952, p. 4.
  20. Para un análisis más detallado sobre el rol de Oesterheld como divulgador científico a través de la ficción popular, ver: Comastri, 2014a, pp. 239–257.
  21. Ver, respectivamente, Oesterheld, 1995; Oesterheld & Campani, 1952; Oesterheld, 1956ª, 1956b; Oesterheld & Solano López, 1957.
  22. Para un análisis más detallado de esta revista, sus políticas editoriales, vinculaciones con los proyectos científicos y tecnológicos del gobierno y con otras publicaciones de la época, ver Feld y Hurtado (2010).
  23. Ver, a modo de ejemplo: La Nación, 2 de junio de 1950, p. 5; Democracia, 1 de junio de 1950, p. 1; Clarín, 1 de junio de 1950, p. 5, y El Mundo, 2 de junio de 1950, p. 3. Para la cobertura de Sucesos Argentinos, ver https://www.youtube.com/watch?v=6OipBwzZ9pc
  24. Las transformaciones que en ese sentido experimentó la comunidad de físicos argentinos de las décadas de 1940 y 1950 ya han sido estudiadas en Comastri (2014b, pp. 75–100).
  25. Ver, respectivamente: La Nación, 16 de febrero de 1946, p. 7, y 26 de febrero de 1946, p. 5.
  26. Para otros ejemplos, ver: El Mundo, 10 de julio de 1947, p. 2; La Nación, 17 de febrero de 1946, p. 2, y Democracia, 17 de junio de 1950, p. 2.
  27. Ver, respectivamente: La Nación, 1 de julio de 1952, p. 1, y 17 de febrero de 1946, p. 2.
  28. Pueden mencionarse a modo de ejemplos en este sentido: AGN, STP, Caja 579, Iniciativa 2296; Caja 593, Iniciativa 28/54, y Caja 463, Iniciativa 2255.
  29. Se trata de una carta de Richter fechada del 5 de junio de 1963 y enviada a Scientific American (aunque no fue publicada), como aparece traducida y citada en Mariscotti (2004, pp. 146–147; el énfasis es mío).

Dr. en Historia (UBA) Becario posdoctoral del CONICET (Instituto Ravignani - UBA)

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