Museos, coleccionistas y Estado

Tramas de circulación entre la actividad amateur y la experticia durante la primera mitad del siglo XX

La imagen de un Estado homogéneo, que alcanza todos los rincones del país con sus organizaciones, funcionarios y saberes, se resquebraja a medida que avanzan los estudios desde una perspectiva histórica en diferentes regiones del país. En este sentido, al observar las prácticas de creación y gestión de museos en ciudades de provincias y Territorios Nacionales en la primera mitad del siglo XX, comienza a delinearse un mapa complejo de organismos de carácter público, estatales o privados, que estuvieron destinados a contener un conjunto de bienes históricos, arqueológicos, paleontológicos, naturales o artísticos para su investigación, exposición y popularización. Estas instituciones constituyeron un ámbito de contacto entre el espacio local y los provinciales y nacionales, a través de redes de intercambio de saberes, objetos y personas que articularon un lenguaje común que permitió compartir las técnicas museográficas en un campo disciplinar cuya formación experta estaba escasamente institucionalizada. En este texto compartiremos algunas historias, las trayectorias de agentes y las redes establecidas para conformar los saberes técnicos que requerían estos espacios.

La historiografía tradicional enfatizó el análisis de los museos como dispositivos del poder para legitimar las versiones públicas de la identidad, en el contexto de la consolidación de los Estados nacionales (Anderson, 1993; Coombes, 2004). Estos estudios consideraron a los museos, los monumentos y las conmemoraciones como elementos de reproducción del Estado para proporcionar una versión homogénea pero selectiva del pasado (Andermann & González Stephan, 2006; Gillis, 1994; Lowenthal, 1994) y, en general, simplificaron el papel de estas instituciones en las sociedades contemporáneas, considerándolas como mero dispositivos de exhibición, mostrando una fuerte confianza en la eficacia de su supuesto mensaje. Sin embargo, desde diferentes perspectivas teóricas, a partir de la década de 1990 se ha venido señalando la complejidad de estas entidades, y comenzaron a señalarse las tensiones surgidas entre la emergencia de las instituciones locales y la expansión del modelo internacional.

Las investigaciones en Argentina y Brasil, puntualmente, mostraron que los museos de ciencias en el siglo XIX constituyeron instrumentos clave para el intercambio y la circulación de datos y especímenes y en ese sentido se convirtieron en loci privilegiados para la construcción de una infraestructura de las ciencias y del saber. Estas tecnologías disciplinares (Hooper-Greenhill, 1992) fueron consideradas entonces como espacios donde se desplegaron y despliegan los micropoderes que relacionan los saberes con el poder a través de complejos principios clasificatorios y las formas de presentación de los objetos para la educación de la mirada científica y cívica de las comunidades (Bennett, 2005). Los estudios en el contexto latinoamericano también mostraron la inestabilidad de estas instituciones, pese a una retórica que se esforzaba en mostrarlas como esenciales para el Estado, la ciencia y la cultura nacional. Sin embargo, los distintos estudios han mostrado la tensión que enfrentaban los organizadores y promotores al proceder a implementar las acciones necesarias para el resguardo y la clasificación de objetos y colecciones sin presupuesto ni recursos (Podgorny & Lopes, 2013). Es así que la historia de los museos argentinos del siglo XIX permite generar un mapa que muestra las diferencias de sus trayectorias, los éxitos y los fracasos, desde la creación del Museo Público de Buenos Aires en 1823 hasta los museos nacionales de fines de siglo, como el Museo Histórico Nacional, el Museo de La Plata o el de Ciencias Naturales (Lopes & Murriello, 2005; Farro, 2009; Podgorny, 1999, 2005, 2010). Pero además, esa historia nos permite mostrar que la palabra museo hizo referencia a instituciones, dispositivos y prácticas muy diferentes, que incluyeron los museos nacionales, los escolares (García, 2007, 2010; García & Podgorny, 2016), así como a los espacios en los que vendedores ambulantes atraían a pacientes y colecciones (Podgorny, 2009, 2012).

Estas historias se complejizan en el siglo XX, entre otras razones debido a la expansión territorial del concepto de museo y su articulación con prácticas locales y políticas provinciales y nacionales. Para comprender la forma en que la producción de conocimiento en la “periferia” del mundo científico y metropolitano se constituyó en saberes museográficos y, como tales, en saberes estatales, analizamos las modalidades que adoptaron las políticas públicas respecto a los museos en el Territorio Nacional de Río Negro1 y en la provincia de Buenos Aires.

Sin un campo disciplinar conformado y ordenado en el espacio académico formal, el saber museológico que tuvieron los aficionados o amateurs dio vida al Estado en espacios del territorio que en algunos aspectos eran semejantes y en otros muy diferentes entre sí. Este trabajo comparativo es posible a partir de considerar a los aficionados y coleccionistas de museos como sujetos instalados en zonas grises tanto en lo que refiere a lo espacial como a lo disciplinar. Estos hombres y mujeres configuran lo que podríamos llamar puntos de intersección entre las definiciones más estrictas de intelectuales, expertos, aficionados y burócratas del Estado. Exploraremos algunas de estas cuestiones, especialmente preguntándonos: ¿Cuándo y cómo se constituyeron los museos como instituciones públicas de los estados municipales, provinciales y nacionales en ciudades de la provincia de Buenos Aires y los Territorios Nacionales? ¿Quiénes fueron los agentes que estuvieron involucrados en su creación y expansión? ¿Cómo se conformaron los saberes técnicos que tuvieron lugar en estas nuevas instituciones, alejadas de la centralidad de los museos metropolitanos?

Nuevos edificios, nuevas colecciones

El siglo XX fue el escenario temporal de la expansión de museos regionales en algunas de las capitales de las provincias argentinas, en muchos casos como una ampliación de proyectos escolares. Lo cierto es que, con las inestabilidades ya señaladas, muchos de ellos se convirtieron en los primeros museos regionales (García, 2011). Para la década de 1940, estaba instalada la idea de un concierto de museos que representase la historia, la naturaleza y el arte regional, al mismo tiempo que se desarrollaban acciones vinculadas a la cultura histórica. Este movimiento fue acompañado por discusiones acerca de los marcos legales que debía elaborar una nación moderna respecto a sus objetos y documentos históricos, geológicos y arqueológicos. Desde las primeras décadas del siglo se habían producido debates legislativos que llevaron a la sanción de la Ley Nacional 9080 de 1913 y su reglamentación correspondiente en 1921. Esta ley declaraba propiedad de la Nación todas las ruinas y yacimientos arqueológicos y paleontológicos de interés científico, a la vez que establecía las instituciones que podían regular las colecciones y las excavaciones. Por su parte, organismos como la Junta de Historia y Numismática Americana y su transformación en la Academia Nacional de la Historia en 1938, y el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires (1923), ambos presididos por Ricardo Levene, fueron propuestos para preservar e incrementar su influencia en la cultura histórica pública. Este clima culminó con la creación de la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos (en 1938), presidida por el mismo Levene, dándose origen de esta manera a una entidad pública colegiada responsable de la recuperación y la puesta en escena del relato histórico sobre la Argentina. Una Ley de 1940 estableció que la Comisión debía atender asuntos referidos a la cultura general y, en particular, aquellos relativos al sentimiento patriótico argentino. Es así que se comenzó a desarrollar una fuerte actividad en torno al estudio, rescate y conservación de edificios a los que se les atribuyó el valor de ser “históricos”; se empezó a promover la creación de nuevos museos que se encargasen de la administración de los bienes culturales, y a planificar la estrategia de divulgación histórica, impulsando las publicaciones en revistas y periódicos, las conferencias públicas y los programas educativos. Como resultado de esto, se promovió la generación de un relato asociado a las colecciones públicas y privadas acerca de la importancia crucial de la herencia hispana como un primer capítulo hacia la modernidad, la civilización y el progreso nacional (Devoto & Pagano, 2009; Blasco, 2016, 2017).

Simultáneamente, y fuertemente relacionado con el crecimiento de la audiencia consumidora de actividades científicas y culturales, el número de museos se fue incrementando más allá de las capitales de provincias. Esta experiencia tuvo lugar en las primeras décadas del siglo XX, especialmente asociada al sistema escolar. En la constitución de estos museos confluyeron las prácticas coleccionistas y las redes de sociabilidad que relacionaban a las elites locales con las provinciales y nacionales. Esto favoreció la recolección, la conservación y la determinación de los materiales, así como también un clima propicio marcado por una creciente cultura histórica y científica desarrollada a través de programas escolares, medios de comunicación radiales e impresos. A esto se sumaba también la expansión del turismo impulsado por la ampliación de la red caminera, que no sólo debe entenderse en términos exclusivamente productivos, sino también como escenario propicio para forjar imágenes y atesorar huellas de la historia nacional.

En los espacios locales, la circulación de información y de prácticas fue posible gracias a la expansión del sistema educativo en la primera mitad del siglo XX, plasmado en la creación de escuelas normales (en la provincia de Buenos Aires), de bibliotecas populares, el abaratamiento de las ediciones de libros de literatura y ciencia y el crecimiento de las tiradas de publicaciones periódicas, lo que amplió la cultura histórica y científica de las clases medias urbanas (De Diego, 2006; Delgado & Espósito, 2006). En las ciudades del interior del país, esto dio lugar a un conjunto de individuos que no solo eran un público entusiasmado para el consumo de las producciones científicas, sino que constituyeron un grupo muy activo de producción del conocimiento de las ciencias naturales e históricas. De esta forma, maestros, maestras y periodistas integraban dos de las ocupaciones que más activamente participaron de la conformación de colecciones de objetos y documentos que dieron forma a los primeros repositorios de archivos y museos de ciudades de provincia y Territorios Nacionales. Esto estuvo también reforzado por un escenario de campos disciplinares pequeños, sin formación en carreras de grado específicas sobre museos.

Salida de campo a un paradero indígena sobre el Arroyo Napostá (partido de Bahía Blanca). De izq. a derecha: Antonio Crespi Valls, Américo De Luca y Pascual Capelli. (Archivo personal de Américo de Luca).

Caracterizamos a estos vecinos interesados en coleccionar y escribir sobre ciencia como intelectuales de provincia o promotores culturales en tanto se destacan en sus comunidades de origen a través de la participación y promoción de un sinnúmero de acciones vinculadas a las actividades sociales -como comisiones históricas, culturales, sociales y políticas-, y en tanto creadores de bibliotecas populares (Pasolini, 2012; Fiorucci, 2013). Proponemos relacionar a estos conceptos con el concepto de amateur para analizar las prácticas científicas colaborativas que incluyen no solo a profesionales remunerados, sino a un conjunto de agentes con cierto grado de experticia en alguna disciplina desarrollada la mayoría de las veces de forma sistemática2. En este caso en particular, utilizaremos los conceptos amateur y aficionado en relación con cierto grado de experticia en los saberes técnicos museográficos para referirnos a una extensa gama de maestros, escritores, profesores, científicos aficionados y profesionales de pequeñas ciudades que ocuparon cargos de funcionarios públicos como directores de museos como consecuencia de su papel como coleccionistas y aficionados a las ciencias naturales e históricas. Esto revela que la distinción entre amateurs y profesionales no es tan fácil de establecer, ya que una parte de estos aficionados, al convertirse en funcionarios, aun manteniendo sus prácticas originales, de tipo amateur, comenzaron a recibir una retribución económica como empleados municipales o provinciales. Es por eso que este conjunto de vecinos que constituyen estos intelectuales o promotores culturales (Williams, 2015) son un complejo y heterogéneo grupo social con espacios de circulación comunes y que se mueven en una zona gris entre las prácticas científicas profesionales y amateur, entre el Estado y el espacio privado.

Por todo lo expuesto, estos espacios locales son un lugar privilegiado para examinar la circulación de individuos, los modelos institucionales, las ideas y las formas de intervención que ha adoptado la simbiosis entre el mundo académico, el Estado, y la sociedad civil. Esto permite distinguir y sumar la categoría de “experto”, término más reciente, pero que refleja situaciones preexistentes al título: son aquellos técnicos o especialistas que trabajan en y para el Estado (Neiburg & Plotkin, 2004).

Museos, colecciones y trayectorias personales: saberes contextuados

Estas prácticas científicas amateur requirieron espacios para su desarrollo, y así en algunas ciudades surgieron instituciones conformadas por estas colecciones de objetos y papeles, expresando requerimientos de grupos de vecinos que colaboraron para que estos museos pudieran abrir sus puertas. Por lo tanto, aunque en general parezcan estar ligados a la acción y pasión individual del coleccionista/amateur, lo que en trabajos anteriores nos llevó a hablar de museos de “padre único” (Pupio, 2005), estas instituciones son la consecuencia de acciones cooperativas a través del tejido de redes de sociabilidad local, regional e incluso nacional e internacional.

En algunos trabajos anteriores nuestros, pudimos reconstruir el mapa de los museos, especialmente en la provincia de Buenos Aires. Desde la fundación del primer museo urbano en 1872 hasta fin de la década de 1940, abrieron sus puertas solo diecisiete museos, mientras que, en la década siguiente, lo hicieron nueve museos estatales y seis privados. Este número incluye aquellas instituciones que poseían colecciones históricas, arqueológicas, de ciencias naturales, de arte o temáticas. En los Territorios Nacionales el mapa de museos se fue completando más lentamente. En el caso de Río Negro, se registraron en el período dos museos municipales, uno privado y otro estatal y un museo nacional, dependiente de la Dirección de Parques Nacionales, mientras que en La Pampa se registró la creación del Museo Regional Pampeano.
En la mayoría de los casos, se trataba de aficionados locales, mayoritariamente maestros y periodistas, que conformaron colecciones privadas que fueron cedidas para constituir los fondos museográficos; y estos aficionados se convirtieron en promotores y primeros directores de los museos. La historia de estas instituciones, por lo tanto, estuvo ligada a las prácticas aficionadas de las ciencias, sin que esto signifique que las mismas hayan encontrado sus límites en el espacio de estos museos. Por el contrario, una vez instituidos, los directores-aficionados constituyeron redes entre ellos, con profesionales y con otros amateurs que poseían sus colecciones en sus domicilios particulares. Conocer algunas de estas trayectorias nos permitirá discutir luego estas prácticas comunes de ciencia aficionada y la necesidad de crear estos museos para la educación de la mirada científica y cívica de los ciudadanos, según los estándares conocidos que se desarrollaban en los museos provinciales y nacionales, con sistemas comunes de clasificación, inventario, guardado, conservación, exhibición y popularización.

Salida de campo del Museo Histórico de Bahía Blanca, anotación en la foto: «Enorme picadero, ya muy explotado, en las márgenes del arroyo Napostá Grande. Se descubrió material lítico de relativo valor.- Jira de la Dirección del Museo, junio de 1952” (Archivo Museo Histórico de Bahía Blanca).

El caso de la provincia de Buenos Aires es el más conocido. En este territorio pudieron ser recuperadas las historias de periodistas y escritores. Resulta especialmente interesante el caso de dos maestras (Pupio, 2016), ya que, si bien se registra una cantidad importante de mujeres en la práctica del coleccionismo y de la taxidermia (García, 2010), no es común que las mismas hayan protagonizado el pasaje de esas colecciones del espacio privado o de las escuelas a los museos públicos de los cuales se convirtieron, además, en sus directoras. Ejemplos de periodistas y escritores son los casos de Luis Scalese (1882–s/d) y Antonio Crespi Valls (1892–1959). El primero, escritor de artículos literarios y periodísticos en la prensa local y nacional y Agente Consular italiano entre 1920 y 1939, miembro del Instituto Cultural de Trenque Lauquen, impulsó la creación del Museo Histórico de las Campañas al Desierto en 1943, y fue su primer director hasta 1959. Sin presupuesto, con el museo funcionando en su propio domicilio particular, fungiendo él mismo como director y único empleado, tomó la decisión de donarlo a la provincia en 1951, aprovechando la nueva estructura administrativa durante la gobernación peronista.

Antonio Crespi Valls en la oficina de la dirección del Museo y Archivo Histórico de Bahía Blanca).

Antonio Crespi Valls, periodista, historiador y arqueólogo aficionado de origen español, donó su colección, y se convirtió en el primer director del Museo y Archivo Histórico Municipal, en la ciudad de Bahía Blanca, creado en 1943 dentro de la estructura municipal, y que abrió sus puertas al público en el año 1951. Sus colecciones crecieron rápidamente y sumaron también una importante cantidad de objetos naturales, por lo cual en 1955 se lo rebautizó como Museo Histórico y de Ciencias Naturales al incorporar las colecciones de Paleontología, Mineralogía, Botánica y Zoología.

En el caso de las maestras Emma Nozzi (1917–1999) y Mercedes Aldalur (1890–1995), la primera ejerció en Carmen de Patagones, mientras la segunda lo hizo en Chascomús. Ambas comenzaron a recolectar materiales y escribir sobre historia y literatura desde su rol como maestras. Nozzi estudió en la

Emma Nozzi.

Escuela Normal Nacional de la ciudad de Viedma, en el Territorio Nacional de Río Negro, y ejerció como docente desde el año 1937 en la Escuela San Martin Nº 8 en Carmen de Patagones, ciudad en la que vivió hasta su muerte. Comenzó a conformar una colección en la escuela alrededor de las acciones tendientes a llevar adelante un periódico escolar. Las vinculaciones mantenidas con Milcíades Alejo Vignati, profesor del Museo de La Plata, y Herbert Smith, funcionario de la Dirección de Museos Históricos de la provincia de Buenos Aires fueron fundamentales para su formación. Los consejos brindados por ambos profesionales la condujeron a la organización de una Comisión Pro Fundación del Museo, y a la creación e inauguración del Museo Histórico Regional Francisco de Viedma en julio de 1951. Desde su cargo de Directora Honoraria continuó la relación epistolar con el profesor y el funcionario, quienes la asesoraron en las cuestiones técnicas que ella requería.

Mercedes Aldalur fue docente de la ciudad de Chascomús, y directora del Museo Pampeano de esa ciudad desde el año 1939. Fue Profesora de Geografía en la Escuela Normal Superior desde 1913, y, a partir de 1918, Regente y Profesora de Crítica Pedagógica de la Escuela Normal de Subpreceptores. Participó de comisiones y asociaciones civiles de la ciudad, y se dedicó al teatro vocacional como directora, además de escribir varios libros sobre literatura americana. En el año 1939 se incorporó a la Comisión Honoraria para la construcción de un parque evocativo de los Libres del Sur en las ciudades de Dolores y Chascomús. Esta comisión se encontraba conformada por doce miembros, vecinos de esas localidades, entre los que se encontraba Nemesio Cabrera y la propia Mercedes, ambos directores de estas instituciones, siendo la docente la única mujer en integrarla.

En el caso del Territorio Nacional de La Pampa, Teodoro Aramendía fue un docente que desempeñó sus tareas allí y en el Territorio de Neuquén en las décadas de 1930 y 1940. A la par que desempeñaba su trabajo en educación, fue un arqueólogo aficionado que realizó diversas excavaciones y excursiones de investigación que él mismo se ocupó de documentar (Lanzillotta, 2012). Gran parte de las colecciones recolectadas por el maestro constituyeron la base del Museo Regional Pampeano de Santa Rosa, inaugurado el 9 de julio de 1935 con colecciones de arqueología, antropología, etnología, geología, mineralogía, paleontología, zoología y botánica, a las que se sumaban las secciones de numismática y una biblioteca. Aramendía donó su colección particular, y pasó a ser su primer director. El devenir del Museo tuvo altibajos por la falta de dinero y de un espacio propio en el Centro de Estudios Pampeanos3. Por ello, entre 1937 y 1957 tuvo una trayectoria discontinua. Finalmente, en 1947, Aramendía se trasladó a Buenos Aires y fue nombrado Profesor Adscripto del Departamento de Geología del Museo Argentino de Ciencias Naturales. En 1948, fue contratado por la entonces Administración General de Parques Nacionales y Turismo para efectuar relevamientos arqueológicos y paleontológicos a lo largo de la costa atlántica, hasta los primeros años de la década de 1950.

En el Territorio de Río Negro se registra una cantidad importante de coleccionistas que mantuvieron correspondencia con los profesores de los museos universitarios como el Museo de La Plata, el Museo Etnográfico y el Museo de Ciencias Naturales. Estas colecciones pasaron, aunque en menor proporción, al espacio público para inaugurar museos locales o regionales. En este Territorio tuvo lugar la colección liderada por el maestro Manuel José Félix Arenaza (1902–1956) la que, junto con otras de vecinos de la localidad de General Roca, conformaron un conjunto de colecciones que dieron lugar al Museo Histórico Regional Lorenzo Vintter el 17 de diciembre de 19494.

Interior del Museo Histórico Regional Lorenzo Vintter.

Primero se realizó una pequeña muestra en la biblioteca del pueblo, que, con el tiempo, se fue ampliando hasta ocupar una sala en una dependencia de la biblioteca funcionando con regularidad hasta 1955. A partir de esa fecha, tras el fallecimiento del maestro, y hasta 1970, sufrió la declinación de sus actividades, que terminó en el cierre durante unos años hasta su reactivación definitiva. Félix Arenaza participó de múltiples asociaciones de la ciudad de General Roca, así como en clubes y bibliotecas, incluso la escuela N° 66 y una de las salas de la Biblioteca Popular llevan su nombre. Los objetos que dieron vida a esa primera muestra eran principalmente material arqueológico, recuerdos de los momentos iniciales de la ciudad, armas y balas de las campañas militares contra las comunidades indígenas, a lo que se sumaba una importante donación de material del Ejército utilizada durante la Guerra del Paraguay y del Centro de Estudios Históricos de la ciudad de Viedma, capital territoriana.

El otro caso es el de Jorge H. Gerhold (1922–1965), tío de Rodolfo Casamiquela (1932–2008), quien lo acompañó en sus primeras salidas de campo. Entre ambos constituyeron una colección paleontológica y, en menor medida, arqueológica, la primera de ellas clasificada con ayuda de científicos del Museo Bernardino Rivadavia. La misma fue la base de un museo inaugurado en 1949 al que llamaron Ayufin Mapu –tierra querida–, hoy Museo Naturalístico, Antropológico e Histórico “Jorge H. Gerhold”. En base a esas expediciones personales y a las colecciones acumuladas, el museo se inició en una librería y barraca: un negocio familiar, cerca de la estación de tren. En este caso, se trata de una institución privada que dio lugar a una estatal, como ejemplo de la dinámica de estos museos que no pueden considerarse como estáticos y definidos de una vez para siempre, a partir del momento de su fundación.

A partir de estas trayectorias personales se pueden identificar algunas de las prácticas científicas y saberes técnicos acerca del manejo de los museos que tenían lugar en el campo y en las ciudades de pequeña escala el escenario privilegiado en el cual maestros y periodistas se manifestaban como intelectuales y promotores culturales. Los saberes de estos vecinos fueron constituyendo una red de conocimiento que excedía los espacios centrales de las universidades, museos nacionales y administraciones provinciales o nacionales. Multiplicar archivos que permitieran escribir sobre las historias provinciales y contar con materiales arqueológicos, paleontológicos y biológicos no era, por otro lado, una tarea que se pudiera realizarse de forma completa desde las universidades, en las cuales las disciplinas se iban institucionalizando lentamente y contaban con un número reducido de científicos y recursos. De este modo, convergían las instituciones centrales con las de los márgenes, constituyendo un nuevo territorio de circulación de ideas, prácticas y objetos. La ciencia académica requería de la ciencia amateur y de aficionados para constituir esta topografía del conocimiento que uniera el campo, el laboratorio y los museos, conformándose de este modo un área de intercambio con lenguajes y protocolos comunes, que dejaba en evidencia la multidireccionalidad en la que los conocimientos circulan a partir de la transferencia de saberes en más de un sentido (Pupio, 2011). De esta forma, es interesante pensar en la espacialidad del saber, o como lo plantea Peter Burke, la geopolítica y lugares de la ciencia (Burke, 2017) y así recuperar estas topografías del conocimiento (Naylor, 2002, 2005; Livingstone, 1995) que no estuvieron ligadas solo a los gabinetes y museos universitarios, sino que, en la primera mitad del siglo XX, incluyeron espacios locales de producción del conocimiento liderados por vecinos aficionados a la ciencia, que compartieron las características de promotores culturales o intelectuales regionales.

Para completar y complejizar este panorama, el caso del llamado “Museo de la Patagonia” (su denominación completa siendo Museo de la Patagonia Perito Francisco P. Moreno, Parque Nacional Nahuel Huapi, San Carlos de Bariloche,Territorio de Río Negro) permite echar luz sobre algunos de estos itinerarios de circulación a partir de puntos de contacto y divergencias.

Centro Cívico, Vista Biblioteca y Museo – Ca 1950 (Col De estrada) (Negativo). Archivo Museo de la Patagonia.

El Museo de la Patagonia, a pesar de ser un modelo institucional diferente a los analizados hasta aquí, ya que era un proyecto nacional con un importante caudal de fondos a su disposición, estaba profundamente relacionado con aquellos museos regionales en la necesidad de vincular la historia local con la historia total nacional. Enrique Amadeo Artayeta, su promotor y primer director, pudo establecer una red de relaciones y de circulación de saberes y experiencias con otros aficionados a la ciencia. Éste fue un coleccionista interesado en la naturaleza y las ciencias biológicas y poseía una importante colección de objetos arqueológicos e históricos. Hacendado, etnólogo y arqueólogo, estudió Ciencias Naturales, Paleontología y Ornitología como aficionado, y fue quien, a partir de la circulación de saberes, relaciones y experiencias con estos otros amateurs a la ciencia, dio vida al Museo de la Patagonia (Pupio & Piantoni, 2017). Artayeta nació en Buenos Aires en el año 1878 y falleció en esa ciudad en 1960, y aunque se han podido recuperar algunos datos biográficos, restan reconstruir muchos aspectos de su vida familiar y social a partir del hallazgo de nuevas fuentes. Desde joven se dedicó a las tareas de campo en su estancia ubicada en el partido de Las Flores, provincia de Buenos Aires. Paralelamente desarrollaba su actividad como coleccionista y escritor de narraciones, poesías y trabajos históricos, etnográficos, antropológicos y arqueológicos, al tiempo que participaba como miembro de sociedades eruditas como la Societé des Américanistes y la Asociación Folklórica Argentina.

La prensa barilochense caracterizaba a Artayeta como un hombre de vasta formación, especializado en ciencias a las cuales había dedicado gran parte de su vida. Era consultado sobre temas diversos, como por ejemplo la conservación de objetos históricos, sobre terminología e idiomas nativos o la filiación de los elementos arqueológicos. Además, intervenía en debates sociales e históricos, como lo demuestra su correspondencia tanto oficial como personal, resguardada en el Museo en la colección que lleva su nombre, además del más diverso tipo de publicaciones y escritos de su autoría.

Sus relaciones sociales y contactos le permitieron ocupar el papel de director5 de una institución que administró fundamentalmente por correspondencia, ya que mantenía su domicilio fijo en la ciudad de Buenos Aires y solo se establecía en Bariloche por algunas temporadas. Sus redes vinculares procedentes de su pertenencia a la elite porteña le habilitaron no solo la oportunidad de ejercer como director de esta nueva institución, sino que también le permitieron interactuar personalmente con el presidente del directorio de Parques Nacionales sobre sus proyectos y necesidades. Ese mismo status lo habilitó a contactar a personas pertenecientes a las clases altas emparentadas con los miembros de las campañas militares a la Patagonia para, por su intermedio, obtener materiales para su exposición en el Museo.

De esta forma, gestionaba el presupuesto y la administración, definía los horarios de apertura, el ingreso de personas, la realización de visitas, además de las compras que incluían los artículos de librería, limpieza, elementos para el mantenimiento del edificio, fuel oil para la calefacción, los materiales necesarios para el equipamiento del laboratorio de taxidermia; a la vez organizaba la exhibición definiendo tanto el guión –no escrito–6 como los dispositivos materiales, ocupándose personalmente de la construcción de vitrinas, los objetos dispuestos en cada una de ellas, la iluminación. Asimismo, digitaba la relación con las instituciones locales y la organización de conmemoraciones que involucraban a las organizaciones civiles, educativas y políticas de la ciudad.

Los casos descriptos aquí constituyen buenos ejemplos para analizar el papel de los burócratas/expertos del Estado en relación con la producción de conocimiento. Si bien por lo general la idea de burocracia es asociada a un concepto negativo, más allá de la mirada de la sociología clásica, se debe observar a estos trabajadores que encarnan el Estado como sujetos o agentes con márgenes de discrecionalidad en su esfera de competencia, imprimiendo singularidades7, y no como simples instrumentos de un aparato monolítico y armónico. Más bien, estos sujetos tuvieron la capacidad de incorporar sus propias experiencias y trayectorias en las instituciones y, a través de ellas, convertirlas en instrumentos de políticas públicas.

¿Cómo se construyó el saber museográfico?

Muchos de estos maestros y maestras, periodistas, comerciantes y profesionales de ciudades de provincia y Territorios Nacionales se volcaron a la práctica científica e histórica mediante la recuperación de colecciones naturales, arqueológicas, históricas (objetos y documentos), colaborando en muchos casos directamente con los profesionales hasta bien entrado el siglo XX. Esta colaboración no los ubicaba en el lugar de meros asistentes o gestores de la práctica de aquellos, sino que, muchas veces, fungían como interlocutores válidos con quienes se discutían las nociones, teorías, clasificaciones, entre otras cuestiones. Para esto se generaron redes entre los científicos vocacionales locales y los profesores universitarios, lo que, en muchos casos, se tradujo en la conformación de redes sociales y políticas para la circulación de ideas, modelos institucionales y formas de intervención.

En la provincia de Buenos Aires, este proceso se vio intensificado, ya que en 1950 se creó la Dirección de Museos Históricos, dependiente del nuevo Ministerio de Educación, el cual elaboraba la política para los museos provinciales. A los museos ya existentes –el Museo Colonial e Histórico de Luján, el Museo y Parque Criollo Ricardo Guiraldes de San Antonio de Areco, el Museo y Parque Evocativo Los Libres del Sur de Dolores y el Museo Pampeano de Chascomús (Blasco, 2010, 2013a, 2013b)–, la nueva Dirección sumó el Museo y Archivo Dardo Rocha de La Plata (1953), el Museo de la Reconquista en Tigre (1948), el Museo Histórico Regional General Conrado Villegas (1951) y el Museo Histórico Regional Almirante Brown (1952). Al mismo tiempo la Dirección fijó una política de organización de normas técnicas de acuerdo a lo que se estaba produciendo desde el Consejo Internacional de Museos (ICOM) de la UNESCO. Se organizaron las Asociaciones Amigos de Museos en aquellos que dependían de la Dirección (ver Decreto PE 14.416/54); se promovió también un régimen de fomento y ayuda a museos y colecciones, la realización de un Censo y Registro de Bienes Históricos; y se registró un aumento de número de visitantes a los museos provinciales, de 482.286 en 1953 a 575.438 en 19548. Con esto señalamos que, a las redes de relaciones informales que se daban entre los amateurs a través de una fluida correspondencia, se sumó el afianzamiento de estas relaciones a partir de la gestión de la provincia, especialmente del secretario de la Dirección de Museos Históricos, Herbert B. Smith. Es decir, a las redes entre amateurs –algunas previas a la comunicación institucional–, se suman las redes consolidadas por la administración provincial, y otras tantas que se desarrollaron entre los amateurs y el Archivo de la Provincia de Buenos Aires, así como aquellas entre los amateurs y los profesionales del Museo de La Plata.

Estas redes de relaciones se expresan en una tipología común de exhibición, dada por el uso de similares modos expositivos: determinadas vitrinas, iluminación, como la puesta en vitrinas de materiales en serie de acuerdo a su morfología o la vitrina individual para los objetos históricos que representaban un bien de un ciudadano de la localidad, como la biblioteca del primer juez de paz o, el uniforme de tal militar. A esto se suman el establecimiento de prácticas museográficas similares, tales como la conformación de una biblioteca de museo, la publicación de revistas o libros de historia local y regional, laboratorios de taxidermia para la preparación de muestras de animales para exhibición. Muchas de estas prácticas habían sido extendidas por el modelo desarrollado por Enrique Udaondo en Luján y trasladado exitosamente a los otros museos de la provincia (Blasco, 2013a, 2013b).

Por otro lado, estos directores compartieron las mismas prácticas de ingreso de material: a partir de sus propias colecciones, comenzaron a desarrollar acciones de intercambio de piezas repetidas, solicitudes de donaciones a dueños de campos y familias tradicionales, así como compras, salidas al campo, el establecimiento de redes de colaboradores de los museos y replicaron así la práctica de los museos nacionales. Al estudio de estos museos locales de la provincia de Buenos Aires como de otros territorios, sumamos el estudio del Museo de la Patagonia, lo que nos permitió comparar prácticas museográficas con las de una institución que formaba parte del organigrama de la Nación en un territorio alejado de administración nacional, como es la Dirección de Parques Nacionales (DPN). En el contexto de creación de la DPN, se incluyó la creación del Museo de la Patagonia como una institución que podía funcionar como un atractivo turístico complementario a la oferta deportiva, y así se lo publicitaba en las guías del viajero de YPF, de la propia Administración y en algunos medios periodísticos nacionales. Pero, al mismo tiempo, el Museo tenía un carácter fuertemente regional, apuntando a proporcionar un servicio educativo a la comunidad local y exhibiendo las riquezas históricas y naturales del territorio patagónico para ser vistas y conocidas. Es por eso que proponemos que estos museos y sus fundadores, directores y funcionarios públicos constituyeron el saber experto sobre su propia práctica. Esto a pesar de que, a partir de 1923, existía un curso de Técnico para el Servicio de Museos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, sin que existan registros de que alguno de los coleccionistas haya cursado sus estudios allí. Esta situación amateurista del ejercicio de la museología fue reconocida por Tomás Bernard, quien fuera Director de Museos de la provincia de Buenos Aires y autor de uno de los primeros manuales de museología escritos en Argentina (Bernard, 1957). El autor subrayó el impacto que esta práctica tuvo en el manejo de los museos, y remarcó la necesidad de superar esa etapa que se basaba en las acciones individuales, de salvataje, de recolección y preservación del material (Bernard, 1957).

Nuevas redes sociales se desarrollaron en este universo donde los coleccionistas y aficionados formaron parte de manera simultánea. Existía una relación informal entre ellos, mientras que, al mismo tiempo, existían relaciones institucionales entre los mismos y los agentes de la Dirección de Museos Históricos. Estas redes fueron posibles gracias a que sus miembros compartían un núcleo común de proceso de aprendizaje, protocolos de observación, recolección de muestras, catalogación y montaje para exposición. Esto fue sustancialmente enriquecido por la oportunidad de intercambiar bibliografía, compartir información y participar de visitas de campo colaborativas.

Estas relaciones son relevadas en el accionar de otros aficionados como, por ejemplo, Amadeo Artayeta, quien mantuvo una fluida relación epistolar con diversos aficionados a la ciencia de ciudades de los Territorios Nacionales. El tema central que convocaba la relación entre estos era el poblamiento de la Patagonia, en búsqueda de evidencias para reforzar sus teorías y argumentos. Estos aficionados tenían acceso a las publicaciones académicas, e incluso algunos de ellos publicaban contribuciones en revistas científicas, lo que muestra que las discusiones sostenidas entre ellos se relacionaban con lo que se producía en las universidades. En este sentido, es relevante el trabajo de campo que –como se dijo– ellos mismos llevaban adelante.

Esta correspondencia transformada en redes de conocimiento a larga distancia, que se mantenía de manera constante, da cuenta de algunas dificultades relativas a la gestión de los museos. Pero los corresponsales no sólo exponían sus vicisitudes sobre las formas de llevar adelante sus prácticas, sino que permanentemente se consultaban sobre cuestiones teóricas y conversaban sobre variados temas. Artayeta, por ejemplo, se entusiasmaba con poder realizar alguna excursión a los paraderos y talleres indígenas en Neuquén, y no dudaba en pedirles a sus colegas regalos, donaciones y datos para conseguir elementos arqueológicos. El conocimiento práctico y de campo que tenían unos y otros se complementaba con el estudio e intercambio teórico a propósito de los materiales que recolectaban. En varias cartas estos aficionados conversaban sobre las teorías del origen de los pueblos objeto de estudio, y sostenían sus puntos de vista y argumentaciones basadas en la investigación y comparación de los objetos y vocablos, mientras intentaban descifrar el uso de los mismos.

Desde una perspectiva que repara en las prácticas cotidianas, en los diversos espacios de interlocución, en las contradicciones, en la multiplicidad de contactos sociales en los que participan quiénes “son” el Estado –es decir, quiénes son su “rostro humano” (Bohoslavsky y Soprano, 2010)–, podemos pensar a estos sujetos entre quienes piensan al Estado para intervenir sobre él (políticos, juristas, planificadores, ciudadanos, miembros de ONGs, etc.), aquellos que actúan dentro de él (funcionarios de distintos rangos y responsabilidades) y los que con él interactúan como demandantes o destinatarios de sus políticas y/o recursos, consumidores de sus servicios o contribuyentes. El objetivo de esta mirada es el de relativizar las perspectivas más estructurales y normativas sobre el Estado, reparando en las prácticas cotidianas de los actores reales y concretos que “son” el Estado, en sus diversos espacios de interacción, en sus acuerdos y conflictos y en las zonas grises que expresan la influencia de lo no estatal sobre lo estatal (Plotkin & Zimmermann, 2012a, 2012b). En esta lógica es que estos casos constituyen un buen ejemplo para comprender las prácticas estatales en contextos locales alejados de las metrópolis y permiten discutir las intervenciones emanadas desde el Estado en diferentes escalas territoriales, en este caso en relación con la gestión cultural. Es en estos puntos que se evidencian las intersecciones en las que los intelectuales, aficionados, expertos, cuerpos técnicos y burócratas se entremezclan para dar vida al Estado en diversos espacios.

El Primer Congreso de Museos Históricos y Regionales

Estas redes se intensificaron como consecuencia de la gestión de la política cultural del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires a través de la Dirección de Museos Históricos, ya que una de las primeras actividades impulsadas por este organismo fue el Primer Congreso de Museos Históricos y Regionales de la Provincia de Buenos Aires y Patagonia en enero de 1952, que tuvo lugar en la ciudad de Carmen de Patagones (Pupio, 2005). Allí fueron convocadas tanto las instituciones de la provincia de Buenos Aires como las de los Territorios Nacionales. El objetivo general del encuentro era decidir sobre un sistema permanente de cooperación e intercambio cultural y técnico entre estas instituciones.

La agenda de la discusión incluía, en primer término, la cuestión de la cooperación administrativa, que involucraba intentos de crear una base de datos general; la donación e intercambio de especímenes similares; la organización de concursos y competencias históricas; la promoción y multiplicación de actividades culturales; la creación de guías descriptivas, documentales, bibliotecas especializadas; el entrenamiento de personal técnico, y el fomento de relaciones entre los museos y las escuelas. La agenda técnica proponía determinar un sistema uniforme de inventarios, documentos y fotografías; discutir las principales divisiones de las colecciones de museos, así como otros tópicos museográficos tales como la iluminación de las salas de exhibición, la disposición de las vitrinas y aparadores, archivos, el enmarcado de cuadros, el colgado de objetos, entre otros. El Congreso obtuvo la participación de 29 representantes de museos.

Antonio Crespi Valls disertando en el Primer Congreso Provincial de Museos Históricos y Regionales de la Provincia de Buenos Aires y Zona Patagónica, los días 27, 28 y 29 de enero de 1952. A su derecha, sentado, Enrique Amadeo Artayeta. (Archivo Museo Histórico de Bahía Blanca)

El encuentro de 1952 fue el punto de partida para una relación a nivel profesional y personal que duraría toda la década, que incluyó el intercambio de ideas y consejos, el pedido u oferta de objetos, de bibliografía, y la organización de viajes de campo compartidos. Independientemente de la ubicación de cada coleccionista, aficionado o director en las redes sociales establecidas, las relaciones fueron fomentadas por la administración de museos de la provincia de Buenos Aires a través de diferentes canales oficiales de comunicación e intercambio de información, lo que facilitó la formación en este campo de estudio.

Aunque los aficionados en puestos de gestión en los museos regionales no fueron capaces de beneficiarse de las propuestas de formación profesional de manera formal, en las reuniones de especialidad fueron ampliamente aceptados y las mismas registraban un importante nivel de asistencia. Este fue el caso del Primer Encuentro Nacional de Museología celebrado en Buenos Aires en 1960, convocado por la Escuela de Museología de la Universidad del Museo Social Argentino para celebrar el 150 aniversario de la Revolución de Mayo. El consejo de administración fue formado por representantes de la Escuela de Museología, el Consejo Internacional de Museos (ICOM-UNESCO), de museos nacionales, y también por un museo de la provincia de Buenos Aires: el Museo General Conrado Villegas de Trenque Lauquen. Entre los miembros se encontraban los representantes de museos universitarios, especialmente los de Buenos Aires y La Plata, algunos delegados de las provincias de Catamarca, Córdoba, Corrientes, Chubut, Entre Ríos, Neuquén, Salta, Santa Fe y Tucumán. La delegación de la provincia de Buenos Aires incluía autoridades provinciales y funcionarios de museos provinciales, además de dos mujeres, Emma Nozzi y Juana Elías de Mascheroni, esta última una historiadora aficionada que trabajó en el Archivo Histórico de la ciudad de 9 de Julio.

Tal como hemos señalado en trabajos anteriores (Pupio, 2016), a fines de los años cincuenta se observó un avance en la profesionalización de la museología centralizada en la ciudad de Buenos Aires, de la cual surgió un grupo técnico de profesionales conformado por directores y profesionales de museos nacionales y universitarios y artistas e investigadores universitarios. Esto produjo una diferenciación creciente entre la nueva generación de profesionales y el antiguo grupo de funcionarios estatales constituido por aficionados y coleccionistas provinciales. La nueva élite profesional tenía títulos universitarios, muchos de ellos habían sido formados en Europa y Estados Unidos, y pertenecían a redes de sociabilidad que los vinculaban con sectores asociados al poder económico, político e intelectual. Esto, sin embargo, no significaba que la participación de coleccionistas y aficionados en la creación, desarrollo y gestión de museos hubiera mermado. Por el contrario, todavía hay museos en muchas ciudades provinciales que siguen bajo la dirección de aficionados.

Sobre la construcción y divulgación del conocimiento en espacios periféricos

Además de las discusiones con colegas, una de las formas en las que circulaba el conocimiento producido por estos intelectuales de origen amateur fue por medio de las exposiciones permanentes de sus museos, ya que, tal como se mencionara antes, en ellas podían verse reflejadas sus teorías sobre los pueblos locales. Los documentos oficiales también echan luz sobre ideas o paradigmas no solo de organización interna o de administración, sino también sobre concepciones acerca de los sujetos/objetos. Quizás un dato de relevancia sea que la acción educadora del Museo no se haya circunscrito únicamente a su rol como lugar de visita, sino que incluyera publicaciones escritas y una activa intervención en los medios de comunicación y en el calendario festivo de la comunidad.

Traslado de los restos del Perito Francisco P. Moreno a la Isla Centinela, 16 de enero de 1944. Escolta militar en viejo muelle de Bariloche, junto al féretro, Enrique Amadeo Artayeta luego de pronunciar su discurso en alusión a la ocasión.

Estos intelectuales de provincia compartían la práctica de escribir, incluso algunos de ellos de forma profesional como colaboradores en periódicos locales, mientras otros publicaban a través de ediciones de autor. El amplio rango de temas sobre los que escribían incluía obras de teatro, dramas radiofónicos, poesía, trabajos filosóficos y de ficción y textos científicos. Tales escritos formaban parte de publicaciones frecuentes en diarios como La Razón, La Prensa y La Nación.

En las décadas de 1940 y 1950 se publicaron una cantidad importante de trabajos concernientes a la historia local y regional, cuyos temas principales eran la historia indígena del siglo XIX y la fundación de pueblos y ciudades. A pesar de que la escritura fuera una práctica compartida, el relato sobre la historia indígena tenía sus matices. Mientras que algunos autores subrayaban la épica de las acciones militares como el motor del desarrollo y el progreso, otros pusieron el foco en el heroísmo indígena y su derrota en el nombre de una cuestionada modernidad.

Muchos de estos autores también escribían expresando sus teorías y análisis sobre el material lítico u óseo recolectado en sus salidas de campo. En una guía sobre el Parque Nacional Nahuel Huapi de 1938 (Amadeo Artayeta, 1938a; 1938b) –antes de que perteneciera formalmente al Museo y a la Dirección de Parques–, se publicó un artículo de Enrique Amadeo Artayeta en el que expresaba su pensamiento, explicando los patrones culturales que determinaban a su entender la clara separación entre grupos indígenas9.

Fragmento de video promocional del Parque Nacional Nahuel Huapi.

Desde la promoción turística que realizó la dirección de Parques Nacionales, el museo era descrito como un espacio cuyo “[…] propósito es hacer conocer la historia de los primeros hombres civilizados que afrontaron los peligros de la naturaleza agreste y salvaje, y que poblada por habitantes huraños y belicosos, fueron venciendo los obstáculos, muchas veces a costa de sus propias vidas, plenos de abnegación y sustentados unos por el ideal cristiano y otros para civilizar esas razas bárbaras y terminar con el azote que amenazaba de continuo a las regiones civilizadas y laboriosas próximas a sus fronteras” (Dirección de Parques Nacionales, 1940, p. 110). De esta forma, Artayeta, la DPN y el Museo se inscribían en debates del mundo académico central, sentaban posición y se incorporaban a la producción de conocimiento sobre la historia y el poblamiento de la Patagonia.

Además, en el Museo de la Patagonia, entre la producción escrita de la institución pueden encontrarse memorias propias del Museo como fragmentos para las aquellas de la Dirección de Parques, dado que se editaban simultáneamente las Memorias del Museo de la Patagonia, como una sección dedicada al mismo en las Memorias de la Dirección. Por otro lado, se publicaron también tres anales, en los años 1945, 1950 y 1953 (ver Anales del Museo de la Patagonia Perito Francisco P. Moreno, Parque Nacional Nahuel Huapi, San Carlos de Bariloche, Territorio de Río Negro. Tomos I, II y III, Buenos Aires). Entre otros, se encuentran los artículos de Marcelo Bórmida, José Imbelloni y Roberto T. Reynolds Bridges. Desde muy temprano –a partir de 1940– Artayeta le pidió a su amigo Teodoro Aramendía que le escribiera un artículo sobre las hachas para los Anales del Museo de la Patagonia que intentaba editar. No obstante, la contribución de Aramendia debió esperar hasta la expedición llevada a cabo entre 1948 y 1949 con el objetivo de realizar relevamientos arqueológicos en la costa atlántica, de la cual publicó un informe que detalla el descubrimiento de características singulares de la Ushuaia Prehistórica, enfocado sobre el estudio de conchales de Patagonia y Tierra del Fuego. La expedición le fue encomendada desde la División de Museos Regionales, entonces bajo la dirección de Artayeta. De esta forma, a partir de procedimientos formales propios de cada disciplina, se validaba y formalizaba el conocimiento.

Como ya se ha resaltado, dentro del escenario de un campo profesional en construcción, sin un número suficiente de profesionales en las universidades nacionales, se tejían lazos con los amateurs y coleccionistas del territorio. Pero además de solicitar insistentemente donaciones y de recepcionarlas, Artayeta se encargó de gestionar y sostener en 1947 la logística de campo para la campaña que José Imbelloni realizó a la Patagonia en 194910 para efectuar estudios antropométricos11. Específicamente, le escribió al Intendente del Parque Nacional Los Glaciares, José García Santillán para solicitarle el informe sobre “elementos” o “núcleos” humanos Tehuelche que conservaran la mayor “pureza de raza” para poder analizarlos antes de su “definitiva” desaparición, lo que dejaría “un vacío en la ciencia, que no se podrá llenar con la verdad, que tratamos de salvar”, discurso que no era ajeno a la lectura social/científica de la época (Amadeo Artayeta, 1946) 12. Por otro lado, en la misma misiva Artayeta solicitó al Intendente que lo contactara con estancieros y comerciantes para conseguir alojamiento, manutención y transporte para Imbelloni, dos ayudantes y dos choferes.

Estos anales eran una forma de establecer formalidad y un intento de otorgarle legitimidad académica a los conocimientos o saberes que el Estado producía como resultados empíricos para el diseño de políticas públicas. En ellos, se invitaba a participar tanto a miembros de la academia, como a intelectuales aficionados. Los volúmenes de los Anales del Museo de la Patagonia, así como las publicaciones de otros museos, se distribuyeron por compra o canje a bibliotecas de museos o bibliotecas populares de una amplia gama de ciudades de provincias y territorios nacionales, con lo cual la información editada circulaba en un espacio que excedía los límites de la localidad en la que se ubicaba la institución.

Reflexiones finales

En esta primera indagación han podido observarse diversos espacios en los que estos aficionados y amateurs han oficiado como promotores culturales e intelectuales, desde cargos en el Estado. Sus formas de comprender y analizar a las diversas etnias de estos territorios no eran ajenas a las discusiones vigentes en las décadas de 1940 y 1950, ni tampoco lo era su forma de observar los restos arqueológicos, la lingüística de estos pueblos o las evidencias etnológicas. Tanto con aficionados como profesionales de renombre nacional, estos aficionados pudieron compartir sus tesis y recibir respaldo a las mismas, además de poder insertarse en los círculos de académicos y funcionarios del Estado de otras reparticiones nacionales, oficiando de interlocutores válidos e incluso como gestores de campañas de exploración.

En casi todos los casos se observa un proceso similar de creación de museos, dado por el pasaje de colecciones privadas de los coleccionistas al espacio público, y algunos de ellos se convirtieron en funcionarios como directores de estas nuevas instituciones, mientras continuaban con sus rutinas como coleccionistas. A lo largo del trabajo pudo observarse que las prácticas museográficas se constituyeron en saberes técnicos como producto de la práctica coleccionista y amateur, lo que permite pensar que estas instituciones funcionaban en una zona fronteriza entre el espacio estatal y extraestatal. En este sentido, compartían las mismas prácticas de campo, de conservación y de exhibición de los aficionados que poseían colecciones en sus casas o museos privados. Las prácticas científicas, de conformación, tratamiento y exhibición de colecciones son similares entre los museos de ciudades de provincia y Territorios Nacionales.

Fundamentalmente, la acción de estos aficionados pudo establecerse por sus redes de sociabilidad y la práctica de cooperación. Si bien un personaje como Artayeta disponía de otras herramientas –presupuestarias sobre todo–, finalmente eran las redes de relación con sus pares coleccionistas y aficionados las que marcaban el ritmo de su acción puertas adentro del museo. Estas historias de los saberes técnicos centrados en las trayectorias personales e institucionales encuentran en los archivos epistolares personales e institucionales una fuente invalorable para recobrar las redes y la práctica museográfica de esta institución.

Los casos de aficionados a la ciencia que han oficiado de agentes estatales “expertos” desde la práctica cotidiana constituyen un buen ejemplo para comprender las prácticas estatales en contextos locales alejados de las metrópolis y permiten discutir las intervenciones emanadas desde el Estado en diferentes escalas territoriales, en este caso en referencia a la gestión cultural. De esta forma puede observarse entonces cómo los museos son, además de medios de comunicación y lugares de exposición de objetos, espacios donde se configuran y producen conocimientos más allá del lugar donde estén emplazados y de sus vicisitudes a lo largo del tiempo.

Hemos reconocido un patrón común en los casos analizados: la transformación de las colecciones privadas en instituciones públicas presididas por los propios aficionados que le dieron forma inicialmente. Es decir, el paso de una práctica amateur a una científica/oficial sin mayores problemas, con diálogos fluidos entre eso ámbitos.

La circulación de saberes analizada desde una perspectiva más amplia permite observar, por un lado, que la relación centro-periferia ya no se comprende de forma unilateral en la transferencia de conocimientos, sino a partir de límites porosos y como espacios no determinados a priori. Por otro lado, además se puede observar cómo las instituciones estatales en formación sacan provecho de acciones privadas y trayectorias personales, creando zonas grises donde estos saberes dejan de ser individuales para convertirse en saberes del Estado a partir de puentes que conectan estos mundos y son transitados en múltiples sentidos.

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Soprano, Germán (2009), “La Antropología Física entre la universidad y el Estado. Análisis del grupo académico universitario y sus relaciones con las políticas públicas del Instituto Étnico Nacional (1946–1955)”, Estudios Sociales, 37: 67–95.

Soprano, Germán y Di Liscia, María Silvia (2017), Burocracias estatales. Problemas, enfoques y estudios de caso en la Argentina (entre fines del siglo XIX y XX), Rosario: Prohistoria Ediciones.

Stebbins, Robert (1980), “Avocational science: The Amateur routine in Archaeology and Astronomy”, International Journal of Comparative Sociology, 21: 34–48.

Williams, Raymond (2015), Sociología de la cultura, Buenos Aires: Paidós.

Instrucciones de citado en la versión PDF.

  1. Dos aclaraciones son necesarias: en primer lugar se debe tener en cuenta la condición de Territorio Nacional de las jurisdicciones analizadas, dado que estas entidades jurídicas constituyen circunscripciones geográfico-administrativas carentes de autonomía y bajo dependencia directa del poder central, por lo que sus características de gobierno y administración son muy distintas a las de las provincias tradicionales. Por otro lado, si bien en este capítulo el análisis se centra en el Territorio Nacional de Río Negro en particular, se toman en cuenta la circulación de profesionales y amateurs en otros espacios de los Territorios en la formación de redes de interacción.
  2. Aunque la bibliografía internacional sobre la ciencia amateur es vasta, incluimos aquí algunas referencias que permiten completar la discusión sobre el tema: ver Stebbins (1980); Schnapp (2013); McCray (2006).
  3. En correspondencia que se analizará más adelante, Aramendía narra a su colega y amigo Amadeo Artayeta sus penurias para tratar de mantener el Museo activo.
  4. El museo tiene dos fechas de fundación, la primera en 1949 y la segunda el 25 de septiembre de 1950. Es probable que la primera se trate de la firma de la creación, y la segunda de la apertura al público.
  5. Mientras él ocupaba el cargo de director, contaba solo con una persona nombrada especialmente para cumplir funciones en el Museo, Alberto Félix Anziano, experto en taxidermia, que a su vez oficiaba de cuidador. Tras el alejamiento de Artayeta de su cargo como director, sería Anziano quien lo reemplazara.
  6. Tal como el propio Artayeta lo expresaba, el Museo de la Patagonia era un “Museo por la vista”, dado que en el periodo estudiado no existen textos en las exposiciones. Sin embargo, existe la posibilidad de reconocer mensajes implícitos cuya función era reforzar la educación escolar. Los denominados guiones museográficos están compuestos por los objetos e incluyen mensajes subliminales al espectador, y en gran medida el guión museístico (los textos) se deduce a través del análisis del diseño museográfico; ver Piantoni (2015, 2016).
  7. Para un análisis detallado de las diversas posturas analíticas al respecto, recomendamos la lectura de Soprano y Di Liscia (2017).
  8. Respecto al Censo y Registro de Bienes Históricos, se registraron los siguientes números en las categorías subsiguientes: Personas dedicadas a los estudios históricos o que contribuyan a la difusión de los mismos: 205; Monumentos conmemorativos existentes en jurisdicción provincial: 229; Registro de fechas que se conmemoran en cada partido: 66; Inscripciones, lugares históricos denunciados: 87; Instituciones públicas y privadas dedicadas a los estudios históricos: 33. Información disponible en el Archivo Administrativo de la Dirección de Museos Históricos, 1954-1955, Ver Memorias del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, 1954–1955. Archivo Administrativo Dirección de Museos, disponible en Ministerio de Gestión Cultural de la provincia de Buenos Aires.
  9. A su entender, la cultura/raza Pampa estaba compuesta por una confederación de pueblos bravos, nómades y carnívoros, braquicéfalos y con capacidades artísticas muy superiores tanto en arcilla, manejo del metal como en los tejidos, tanto en su calidad de confección como en los diseños. Entre ellos contaba a las parcialidades de Puelche, Lelfinche, Ranquilche (Ranqueles), Leufunche, Pehuenche, Poyas, Querandíes, Vuriloche. Pero señalaba que estos rasgos habían sido pobremente incorporados, notándose a su entender una muy pobre ejecución. Por el otro lado, la raza Araucana había adoptado ciertas características de grupos Pampa-Querandíes que habían cruzado la cordillera hacia el Oeste, compuesta por los Chilote, Pehuenche, Moluche, Chonos, Huiliche, Mapuche y Picunche. Consideraba que la ejecución era pobre.
  10. En la década de 1930, aunque no de manera oficial, Artayeta había oficiado de gestor del viaje que realizara Milcíades Alejo Vignati.
  11. Dentro de los cuerpos documentales a los que se ha podido acceder en el Museo, no se puede dar cuenta hasta el momento de conjuntos de fotografías antropométricas o algún tipo de registro similar. Sin embargo, para la década de 1940 esa práctica no solo seguía como práctica aceptada en los ámbitos científicos, sino que comenzaba a cobrar especial interés fuera del universo académico.
  12. A este respecto resultan interesantes trabajos que recuperan la dinámica del Instituto Étnico Nacional: ver Soprano (2009); Lazzari (2004).

Dra. en Filosofía y Letras orientación arqueología (UBA) Investigadora de la CIC (Pcia. de Bs. As.) (Departamento de Humanidades - UNS)

Lic. y Prof. en Historia (UNCo) Becaria doctoral del CONICET (IPEHCS - UNCo)

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